Venezuela bajo la espada de Damocles

¿Puede alguien permanecer impasible cuando su propio gobierno apoya una nueva guerra a petición de Trump, esta vez en el Caribe y no en el Mediterráneo? Es sorprendente que el foco de los medios se dirija las 24 horas del día a Venezuela sólo porque Estados Unidos y la UE han dicho que no les gusta un presidente que ha sido elegido por 6 millones de venezolanos. Mientras tanto, ni una palabra sobre Lula, Assange, Milagro Sala o Jorge Glas, todos prisioneros o detenidos por esas santas «democracias».
 
 
Ciertamente, el gobierno venezolano ha rechazado la «oferta de ayuda humanitaria» estadounidense. Pero no podía ser de otro modo, puesto que venía acompañada de amenazas de guerra y el ultimátum europeo de convocar nuevas elecciones. La UE ya había anunciado que no reconocería el resultado del proceso electoral de 2018. En aquel entonces, el ex presidente español José Luis Rodríguez Zapatero, mediador en una mesa de diálogo entre la oposición y el gobierno venezolano, consideró que la UE mostraba «prejuicios» hacia este país, y que las condiciones de estas elecciones «no habían cambiado» desde que la oposición ganó las elecciones parlamentarias a finales de 2015. Lo que está sucediendo en Venezuela se puede resumir en una palabra: injerencia.
 
 
En los últimos días, la espiral mediática que precede y justifica la guerra se ha acelerado. El 15 de febrero, Pompeo y Moguerini se reunieron para pedir «elecciones anticipadas y una transición pacífica» en Venezuela. Mienten como bellacos. No están interesados en la Paz o la Democracia o en los venezolanos, sino en las riquezas del subsuelo. El 14 de febrero, el ministro de Asuntos Exteriores español, Borrell, admitió que «la guerra no es la solución», pero ayudó a prepararla con el ultimátum y el apoyo de su gobierno a un opositor insurreccional. ¡Qué gran talento de equilibrista! Hace unas semanas, el presidente en ejercicio, Pedro Sánchez, que nunca fue electo, se creyó bastante legítimo como para exigirle a Venezuela que celebrara nuevas elecciones. Hoy, se vio obligado a anunciar elecciones anticipadas, sí, pero en su propio país. Deseémosle buena suerte al candidato Sánchez. Y por si acaso, ¡con observadores internacionales sería aún mejor! El 12 de febrero, el gobierno británico anunció que enviaría 8,4 millones de dólares bajo el concepto de «ayuda humanitaria». Nunca olviden la patente superioridad de la democracia a la occidental. Si uno pierde las elecciones o incluso si no se presenta, siempre puede seguir autoproclamándose presidente mediante el reconocimiento y el apoyo indefectible de las potencias amigas.
 
 
En el homenaje al bicentenario del discurso de Simón Bolívar en el Congreso de Angostura el 15 de febrero, el presidente venezolano, Nicolás Maduro, mostró el doble rasero de la administración de Estados Unidos: «¿Por qué no se ocupa Trump de los 45 millones de pobres de Estados Unidos que no tienen derechos, ni educación, ni salud y que mueren en las calles de Chicago, Nueva York y Los Ángeles? Pero Venezuela no está sola. Ese mismo día, decenas de toneladas de equipos médicos y medicamentos fueron enviados desde los gobiernos aliados de Rusia, China y Cuba. Me dirán que también están ahí por el petróleo venezolano. Con un matiz importante : estos países no amenazaron con bombardear a Venezuela para apoderarse del petróleo. No han aumentado las sanciones, ni alentado al ejército a llevar a cabo un golpe de estado, como hace con insistencia la administración Trump. El 16 de febrero, Bolton lo resumió una vez más de manera muy cristalina : «El círculo financiero internacional se está cerrando alrededor de Maduro y sus asociados. Es hora de que el ejército venezolano haga lo correcto. No es demasiado tarde para ponerse del lado de la democracia, la ayuda humanitaria y el futuro de Venezuela».
 
 
Como saben, este país está bajo la espada de Damocles. Teniendo en cuenta los reportajes mediáticos «equilibrados» a los que nos han sometido desde hace años, el compromiso hacia un verdadero derecho a la información se hace urgente, cuando vemos cuál fue el resultado de las intervenciones «humanitarias» en otros países. Venezolanos o no, todos debemos buscar una base común para el diálogo y el respeto. Los europeos tenemos harta experiencia en guerras mundiales y civiles, masacres, invasiones y su efecto bumerán, el terrorismo. Los latinoamericanos también sufrieron el desembarco de tropas estadounidenses, desapariciones y torturas durante las dictaduras de los años sesenta y setenta. La guerra no resuelve nada. La oposición venezolana representada por Guaido está buscando una guerra civil con el apoyo de Estados Unidos y Colombia. Esa es la posición indefendible, ¡no la defensa de la soberanía nacional! La Historia no la escriben los imperios, sino los Pueblos que luchan por sus derechos colectivos.
 
 
 
Fuente : Journal Notre Amérique