Sinofobia Inc: Para entender el complejo industrial anti-chino

Desde que Donald Trump ha intensificado su guerra contra China, la propaganda de guerra está en pleno apogeo. En una serie de artículos sobre el poder blando de EE.UU., ya hemos hablado de organizaciones con un perfil bastante sombrío que son la fuente de buena parte de la información sobre China. Este nuevo texto analiza también cómo la industria armamentista financia a los grupos de presión que alimentan la campaña mediática contra China. Una jugosa inversión para los que viven del negocio de la guerra. (IGA)


 

Los Estados Unidos y sus aliados se dirigen directamente hacia un conflicto con China. En los últimos meses, el gobierno estadounidense ha tomado medidas sin precedentes para romper las relaciones normales con China: sancionar a los funcionarios del Partido Comunista Chino, prohibir las empresas tecnológicas chinas como TikTok y Huawei, interrogar y vigilar a los estudiantes y científicos chinos, e incluso forzar el cierre del consulado chino en Houston.

El Secretario de Estado Mike Pompeo llama a esto el fin del «compromiso ciego» con un Estado chino que él califica como una amenaza existencial para el «mundo libre». Además, los otros miembros de la denominada alianza de inteligencia «Cinco Ojos» – los organismos de inteligencia de Canadá, Australia, Nueva Zelandia y el Reino Unido – están cediendo casi sin excepción a la presión estadounidense para que se adopten medidas paralelas en los Estados Unidos con el fin de aislar a China.

Sin embargo, la doctrina política occidental de «competencia entre grandes potencias» con China no ha ido acompañada de un debate público vigoroso. En cambio, esta retórica de Estado fanfarrona coincide con las opiniones públicas sobre China que han alcanzado mínimos históricos. Gracias en parte a la cobertura racista de los principales medios de comunicación, que han culpado a China de la difusión del Covid-19, las opiniones desfavorables sobre China se disparan.

El Instituto de Investigación Pew informó en julio que las opiniones desfavorables sobre China han alcanzado «nuevos niveles» en los Estados Unidos: más del doble, entre 2005 y 2020, pasando de 35% a 73%. La confianza de los australianos en su vecino asiático es aún peor: en 2020, el 77% de los australianos expresaron su desconfianza sobre China, frente a sólo el 38% en 2006.

Mientras que los Estados Unidos y otros países occidentales están sumidos en la crisis del Covid-19, el desempleo, el estancamiento de los salarios y el racismo sistémico, la ficticia «amenaza china» debería ser la menor de las preocupaciones. Después de todo, el gobierno de China ha sido explícito al declarar repetidamente su deseo de una relación pacífica y cooperativa con los Estados Unidos, al tiempo que suscribe el principio de su política exterior, adhiriéndose al principio de una «comunidad futura compartida para la humanidad», principio consagrado en la propia constitución del Partido Comunista. Por lo tanto, no nos equivoquemos: la Nueva Guerra Fría contra China es una escalada unilateral de un conflicto liderado por los Estados Unidos y sus aliados.

El hecho de que la opinión pública occidental sobre China se forme al ritmo del llamado del Departamento de Estado de los EE.UU. a una agresión de guerra fría, refleja la convergencia de los intereses estatales, militares y de los medios de comunicación privados que monopolizan nuestro ecosistema mediático. Detrás de las bravuconadas del Departamento de Estado norteamericano y del «Pivote a Asia» militar, hay una máquina silenciosa y bien engrasada que se esfuerza por fabricar el consentimiento para la guerra contra China. Con demasiada frecuencia, las posiciones políticas belicistas a las que se dedica esta maquinaria mediática son aceptadas como «verdades» objetivas, en lugar de propaganda de guerra que opera desde los intereses de las empresas armamentistas y las élites políticas. 

Llamamos a esta máquina Sinofobia Inc., un complejo industrial de información en el que el financiamiento de los Estados occidentales, los multimillonarios fabricantes de armas y los grupos de presión de la derecha se fusionan y operan de forma sincronizada para inundar los medios de comunicación con mensajes según los cuales China es el enemigo público número uno. Repletos de fondos públicos y de patrocinantes de la industria armamentista, este puñado de influyentes grupos de presión, organiza las condiciones para una nueva guerra fría contra China. El mismo ecosistema mediático que ha engrasado las ruedas de la guerra perpetua hacia una intervención desastrosa en el Medio Oriente, está ahora fabricando el consentimiento para un conflicto con China.

Al saturar nuestras noticias y los programas de actualidad con mensajes anti-chinos, esta máquina mediática intenta convencer a la opinión pública de que una nueva guerra fría es de su interés. En realidad, el aluvión mediático de una imaginaria «amenaza china» sólo sirve a los intereses de las élites políticas y los directores generales de la industria armamentista, que tienen todo que ganar con esta desastrosa escalada geopolítica.

 

Los actores de Sinophobia Inc.

 

Para oponerse continuamente a esta Nueva Guerra Fría contra China, el movimiento antiguerra debe desarrollar un análisis crítico de los medios de comunicación a fin de comprender mejor las maquinaciones del aparato mediático imperialista. Así pues, una mirada atenta revela que un puñado de grupos de presión, analistas y «expertos en seguridad» aparecen repetidamente en la cobertura que hacen los medios de comunicación corporativos sobre China. Además, estos supuestos expertos «independientes» mantienen vínculos explícitos con la industria armamentista y los departamentos de Estado de los Estados Unidos y sus aliados.

El Instituto Australiano de Política Estratégica (Australian Strategic Policy Institute – ASPI) es uno de esos actores. Se le llama «el grupo de presión detrás de la nueva visión australiana de China» y es denunciado por los políticos progresistas australianos como un grupo de «halcones decididos a emprender una nueva guerra fría» contra ella. Pero a pesar de su sesgo derechista, el ASPI satura los medios de comunicación occidentales en todo el espectro político, desde Breitbart y Fox News hasta CNN y el New York Times. El alto grado de legitimidad que se atribuye a los grupos de presión como el ASPI es uno de los factores que explican el actual apoyo bipartidista a la agresión imperialista contra China.

Desde la defensa nacional y la seguridad cibernética hasta las acusaciones de derechos humanos, los halcones anti-chinos del ASPI utilizan una variedad de supuestos problemas para promover su llamado a un reforzamiento militar contra China. El ASPI y su personal pidieron la restricción en la concesión de visados a los estudiantes y científicos chinos, acusan a China de poseer un programa secreto de armas biológicas y afirman que China está explotando la Antártida con fines militares. No importa cuán indignantes sean estas acusaciones, el ASPI encuentra una cálida acogida en un ecosistema mediático hambriento de controversia y en un clima geopolítico en el que la agresión militar contra China crece día a día.  

A fin de cuentas, esto es exactamente lo que el ASPI pretende. El director ejecutivo del grupo, Peter Jennings, se describe abiertamente como un «vaquero de la seguridad nacional» y afirma que «Australia necesita más vaqueros y menos reverencia». Mientras que el Primer Ministro australiano, Scott Morrison, ha impulsado gastos de defensa sin precedentes, Jennings apunta a objetivos aún más altos, al observar que «si nos deslizamos hacia la guerra, el dinero tiene que fluir».

Esta actitud beligerante frente a la confrontación militar adquiere mucho sentido en el contexto de las finanzas del ASPI. Aunque se le cita como un instituto «experto e imparcial» en todos los asuntos que conciernen a China, en lo que respecta a los beneficios de la guerra, el ASPI tiene sus propios intereses en juego.

Por lo tanto, el ASPI – como muchos de los principales actores de Sinofobia, Inc. recibe un importante financiamiento del ejército australiano y de contratistas de armas estadounidenses como Lockheed Martin y Raytheon.

En el ejercicio económico 2019-2020, el ASPI recibió el 69% de su financiamiento – más de 7 millones de dólares australianos – del Departamento de Defensa y el Gobierno Federal de Australia. Un total de 1,89 millones de dólares australianos fueron aportados por agencias gubernamentales extranjeras, incluyendo las embajadas de Israel y Japón, el Departamento de Defensa de los Estados Unidos, el Departamento de Estado de los Estados Unidos y el Centro de Comunicaciones Estratégicas de la OTAN. Lejos de ser un contrapeso imparcial de las agendas de los Estados imperialistas, los mismos gobiernos que impulsan la agresión geopolítica contra China son precisamente los principales donantes del ASPI. 

Otro hecho inquietante es que además 1,1 millones de dólares australianos fueron aportados por las industrias de defensa y del sector privado, entre ellas Lockheed Martin (25.000 dólares para un «patrocinio estratégico») y Northrop Grumman (67.500 dólares para un «patrocinio al ASPI»).

En una flagrante demostración de su conflicto de intereses, las empresas armamentistas que patrocinan el llamado a las armas contra China del ASPI, son las mismas que «fabrican» la Nueva Guerra Fría contra China. En 2016, el Departamento de Defensa australiano otorgó a Lockheed Martin un contrato de «integrador de sistemas de combate» por un valor de 1.400 millones de dólares australianos, como parte de su programa Submarinos del Futuro para «confrontar» a China. En el marco del mismo programa, el contratista de defensa Naval Group –que contribuyó con un «patrocinio al ASPI» de 16.666,68 dólares en 2019-2020– obtuvo un contrato de 605 millones de dólares para el diseño de submarinos.    

La magnitud de los beneficios potenciales y previstos de un conflicto militar con China es enorme. Bajo los auspicios del «Pivote a Asia», los Estados Unidos han aumentado sus exportaciones de armas a aliados como el Japón y Australia, como parte de una nueva doctrina de contención china. Desde las exportaciones de armas por un total de 7.800 millones de dólares a Australia y 6.280 millones de dólares a Corea del Sur, sólo entre 2014 y 2018, hasta la flexibilización de las regulaciones que permiten la exportación de drones militares a la India, estos inflados tratos son un negocio redondo para los fabricantes de armas de EE.UU.

Cada reportaje dramático sobre la «amenaza china» lleva al mismo resultado: más buques de guerra en el Mar de China Meridional, más aviones de reconocimiento enviados al espacio aéreo chino y más estaciones de misiles y antimisiles instaladas en los países «aliados» de los Estados Unidos y sus Estados clientes en Asia y el Pacífico. La Nueva Guerra Fría hacia China representa miles de millones de beneficios para los fabricantes de armas estadounidenses, que financian discretamente las «investigaciones» que justifican el aumento de la escalada militar contra China.  

 

Un ciclo de guerra perpetua 

 

Este círculo vicioso mantenido por el complejo militar-industrial da vida a Sinofobia Inc. Después de observar esta convergencia de los medios de comunicación corporativos con los comerciantes de armas y los intereses del Departamento de Estado de los EE.UU., comprometidos en fabricar el consentimiento público para las desastrosas guerras en Irak y Afganistán, deberíamos ser capaces de reconocer el patrón aplicado a China. Y hasta ahora, todo parece indicar que la misma receta está siendo utilizada nuevamente.

En primer lugar, los expertos en seguridad «independientes» como el ASPI, financiados por los gobiernos occidentales y sus industrias de armamento, proporcionan pruebas supuestamente «irrefutables» de la llamada amenaza china.

En segundo lugar, estos informes son recogidos, citados y amplificados por los medios de comunicación institucionales para luego ser absorbidos por la opinión pública en general.

En tercer lugar, las naciones occidentales y sus aliados citan estos informes sobre la «amenaza china» para justificar sus propias ambiciones geopolíticas y la agresión militar contra China.

Y finalmente, los departamentos de Defensa de los países involucrados entregan contratos de miles de millones de dólares a las compañías de armas para equipar el «Pivote a Asia» militar, completando así el ciclo, al llenar los bolsillos de las compañías que financian los grupos de presión con los que se inicia este círculo vicioso.   

Por supuesto que el ASPI es sólo uno de los principales grupos de la industria anti-china. Los pilares del campo de la seguridad de Washington DC como el Center for Strategic & International Studies (Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales) y el Council on Foreign Relations (Consejo para Relaciones Exteriores) también se mantienen de cara a sus donantes del Estado y de la industria militar.

 

 

 

El Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) es descrito como uno de los grupos de presión más influyentes del mundo. Sus reportajes dramáticos sobre las operaciones militares chinas y las campañas chinas de «influencia extranjera» ocupan los titulares de periódicos como Forbes, el New York Times, e incluso de algunos medios de comunicación de izquierda como Politico.

Bonnie Glaser, directora del «China Power Project» del CSIS, es una analista sobre China particularmente solicitada por los medios. Glaser ha satanizado las subvenciones chinas a la industria nacional, describiendo la Iniciativa de la Franja y la Ruta como un proyecto destinado a forzar a los países a «entrar en la órbita de China» y «ver reforzado su autoritarismo». La directora del proyecto hace un llamado a «rechazar» el marxismo promovido por China como alternativa al neoliberalismo de libre mercado, y califica como «correcto» «mucho de lo que la administración Trump ha hecho para señalar las amenazas que China representa».  

Ninguno de estos artículos de opinión, entrevistas y citas de prensa en los medios corporativos se ha molestado en mencionar que el CSIS cuenta entre sus «donantes corporativos y de asociaciones comerciales» a empresas como Northrop Grumman (con una contribución anual de 500.000 dólares), Boeing, General Atomics y Lockheed Martin (con contribuciones anuales entre 200.000 y 499.999 dólares) y Raytheon (con una contribución anual de 100.000 a 199.999 dólares).

Aún más allá de simplemente aceptar el financiamiento de la industria militar, el CSIS ha tenido reuniones a puerta cerrada con los grupos de presión de la industria armamentista y ha presionado para aumentar las exportaciones de drones y material de guerra fabricado por donantes como General Atomics y Lockheed Martin.  

Pero en lugar de denunciar este conflicto de intereses, los medios de comunicación corporativos retratan de manera acrítica a estos grupos de presión como expertos en seguridad supuestamente «imparciales». Sólo un puñado de plataformas de noticias independientes se ha dedicado a señalar los intereses de estos «terceros» en promover el camino hacia la guerra perpetua. En cambio, los empleados de estos grupos de presión son considerados expertos objetivos y son muy publicitados, lo que los convierte en fuentes de información indispensables para los comentarios y artículos editoriales sobre cualquier tema relacionado con China.

Según los medios de comunicación hegemónicos, no hay conflicto de intereses; sólo hay un conflicto en curso con China para el cual crear una opinión favorable.

 

Una puerta giratoria bipartidista

 

La relación incestuosa entre el Pentágono, los grupos de presión de seguridad y la industria armamentista privada va mucho más allá del dinero sucio. Los propios diplomáticos de alto nivel suelen pasar de sus puestos en el Departamento de Defensa a las juntas directivas de las empresas de armamento y a los institutos de análisis de políticas, utilizando sus conocimientos de iniciados para ayudar a las empresas de armamento a recaudar fondos federales.

La puerta giratoria del complejo militar-industrial se sobrepone a las diferencias entre los partidos políticos. Tomemos, por ejemplo, a Randall Schriver, un halcón antichino elegido por Steve Bannon para ocupar el cargo de Secretario Adjunto de Defensa para Asuntos de Seguridad de Asia y el Pacífico en la administración Trump. Schriver fue el presidente fundador del Instituto del Proyecto 2049, un grupo de presión de seguridad financiado por gigantes de las armas como Lockheed Martin y General Atomics, así como por entidades gubernamentales, entre ellas el Ministerio de Defensa Nacional de Taiwán y la National Endowment for Democracy (NED). No es sorprendente que bajo el liderazgo de Schriver, el Proyecto 2049 solicitara un aumento de las ventas de armas a Japón y a Taiwán, al tiempo que hacía sonar la alarma sobre la supuesta amenaza de una «invasión relámpago» a Taiwán o una «guerra amarga» contra el Japón por parte de China.

Para no quedarse atrás, los veteranos en política exterior de la administración Obama se han enriquecido entrenando a «consultores estratégicos» dedicados a usar su estatus de información privilegiada para ayudar a las compañías de armas a obtener contratos federales. Michèle Flournoy, la candidata favorita de la administración Biden para Secretaria de Defensa, fue Subsecretaria de Defensa de 2009 a 2012, y al mismo tiempo logró mantener las funciones compartidas como fundadora del grupo consultor de geopolítica corporativa WestExec Advisors y cofundadora del Center for a New American Security, un grupo de expertos que predica su pericia sobre «el desafío de China» y la «amenaza de Corea del Norte» con la ayuda del financiamiento de los sospechosos habituales del Estado y de la industria militar.

Teniendo en cuenta este currículo, no es sorprendente que Flournoy denunciara la «erosión de la disuasión americana» y pidiera nuevas inversiones e innovaciones necesarias para «mantener la ventaja militar americana» en Asia, afirmación explícita de que una administración Biden sin duda garantizaría nuevos y grandes contratos para los viejos amigos del sector de la seguridad.

 

Enemigo número uno

 

El funcionamiento del complejo militar-industrial-informativo ha hecho que el debate sobre China sea prácticamente inexistente. Las posturas anti-chinas se han convertido en un tema determinante para las elecciones presidenciales de noviembre de 2020. Pero en realidad, no hay ninguna distinción política entre los enfoques adoptados por los bandos de Biden y Trump; sólo una competencia retórica que se juega en los anuncios de campaña y los discursos electorales para demostrar quién puede ser realmente el «más duro respecto a China».   

La puerta giratoria de Sinofobia Inc. garantiza que, independientemente de los resultados de las elecciones de noviembre, republicanos o demócratas, los contratos de armas seguirán fluyendo.  

A pesar del continuo temor a la inminente amenaza de «agresión china», China ha declarado explícitamente que no quiere un conflicto con los Estados Unidos, y mucho menos una guerra caliente. En las reuniones de agosto con la Unión Europea, el Ministro de Asuntos Exteriores de China, Wang Yi, pidió que se renovara la cooperación, proclamando que una «guerra fría sólo sería un paso atrás». Mientras que los EE.UU. siguen aplicando el unilateralismo, las sanciones y la amenaza de intervención militar para conseguir lo que quieren, China invierte en organizaciones internacionales, aumenta el financiamiento a la Organización Mundial de la Salud en ausencia de los Estados Unidos, promueve la asistencia para combatir la pandemia, facilita el desarrollo cooperativo de vacunas y ayuda a los países que sufren las sanciones de los Estados Unidos a combatir el Covid-19.

No se equivoquen: no hay aquí una llamada «escalada mutua» o «rivalidad interimperial»; la agresión de los Estados Unidos, es decir, la escalada militar, la propaganda y las sanciones económicas impuestas, caracteriza un impulso unilateral hacia el conflicto y la guerra, a pesar de los repetidos llamamientos de China al respeto mutuo, la cooperación beneficiosa para todos y el compromiso continuo basado en el reconocimiento de la soberanía y la dignidad nacionales de China.

Las élites políticas estadounidenses han recurrido a la sinofobia como espantapájaros para distraer la atención de los fracasos del capitalismo, del neoliberalismo y de un imperio estadounidense violento que invierte más en la guerra perpetua que en la atención sanitaria básica y la infraestructura en beneficio del pueblo estadounidense. Esto es lo que hace que Sinofobia Inc. sea tan eficaz; de hecho, el descontento popular fomentado por una pandemia no resuelta, el aumento del desempleo y las ansiedades del pueblo estadounidense sobre su futuro pueden dirigirse contra la amenaza «real», a saber, China.

Sinofobia Inc. trabaja incansablemente para convencer a los estadounidenses promedio de que China – y no la supremacía blanca, el capitalismo y el militarismo – es el «verdadero enemigo». Y este trabajo ha dado sus frutos: el 78% de los estadounidenses culpan a China por la propagación de Covid-19, un número mucho mayor de los que critican a la propia administración Trump por su manejo de la pandemia. Por esta razón, el Congreso ha aprobado un presupuesto de defensa sin precedentes para el año 2021, mientras que se niega a aprobar el apoyo presupuestario para la pandemia, introducir moratorias en las deportaciones y otras medidas de protección para los trabajadores estadounidenses.

En vista de que Sinofobia Inc. nos acerca cada día más a un conflicto armado con China, nos incumbe a todos detener los engranajes de esta máquina de guerra. Esto significa que debemos permanecer vigilantes y críticos del aparato de información dedicado a fabricar el consentimiento de la opinión pública para una guerra que sólo servirá a los beneficios netos del imperio norteamericano y las corporaciones a las que sirve.

La máquina de guerra autopropulsada de los grupos de presión, los gobiernos y las empresas de armamento avanza sin cesar, convenciendo a la población de que un conflicto con China es de interés nacional. Pero más que nunca, está claro que son los oligarcas de Raytheon y Lockheed Martin los que se beneficiarían de una guerra, a expensas del resto del mundo.

 

Traducido del francés por América Rodríguez para Investig’Action

Fuente: Qiao Collective