Seis cosas que debes saber sobre Afganistán y los talibanes

Cuando se trata de Afganistán, los principales medios de comunicación ocultan los hechos más incómodos para Occidente. Si se tuvieran en cuenta, la historia cambiaría radicalmente.


 

1. La monstruosa alianza con los yihadistas

 

La historia comienza en 1979. Afganistán tenía un gobierno de izquierdas que, por supuesto, no era del agrado de Estados Unidos. Zbigniew Brzezinski, asesor del presidente Carter, ideó el plan para armar y entrenar a los yihadistas –entonces todavía llamados muyaidines– en Afganistán. El objetivo era provocar una invasión soviética, para cargar a Moscú con una situación como Estados Unidos vivió en Vietnam.

Carter siguió su consejo y proporcionó a los muyaidines la ayuda necesaria. El plan funcionó. El gobierno de Kabul tuvo problemas y pidió ayuda al Kremlin. El pantano afgano obligó a la Unión Soviética a permanecer en el país centroasiático durante diez años.

Durante ese periodo la CIA inyectó 2.000 millones de dólares en ayuda, armas y apoyo logístico a los muyaidines. Incluso se les suministró los infames misiles Stinger con los que podían derribar aviones y helicópteros soviéticos. Rambo III, con Silvester Stallone, es una versión de Hollywood de esta colaboración. La película estaba dedicada a “los valientes luchadores muyaidines”.

Mientras las tropas soviéticas permanecieran en el país, el gobierno de Kabul se mantenía. Sin embargo, en 1989 Gorbachov decidió poner fin a la ayuda militar. Una vez que las tropas soviéticas abandonaron el país, estalló la guerra civil. El grupo mejor organizado y más brutal, los talibanes, acabó imponiéndose y se hizo con el poder en 1996.

 

2. Creación de al Qaeda

 

La figura más destacada que ha surgido durante este periodo es Osama bin Laden. En 1988 fundó al Qaeda, un grupo terrorista fundamentalista y despiadado. A través de Pakistán podía contar con un gran apoyo de Estados Unidos. A cambio de esta ayuda, al Qaeda les hacía “favores” a Estados Unidos y sus aliados occidentales.

Durante la guerra civil en Yugoslavia (1992-1995) el Pentágono organizó el traslado de miles de combatientes de al Qaeda a Bosnia para apoyar a los musulmanes de ese país. Durante la guerra contra Yugoslavia en 1999, al Qaeda luchó codo con codo con los terroristas del ELK (Ejército de Liberación de Kosovo, que luchaba por la separación de Kosovo de Yugoslavia y por una Gran Albania), cubiertos en el aire por la OTAN. También han aparecido combatientes de Al Qaeda en Chechenia, Xinjiang (donde viven los uigures), Macedonia, y en muchos otros países de la región y más allá (1).

La cooperación entre la administración Bush y Osama bin Laden se detalla en el documental Fahrenheit 9/11 de Michael Moore.

 

3. ¡Es el petróleo, estúpido!

 

Existen prometedoras reservas de petróleo y gas en torno al Mar Caspio. Pero para transportar esa energía al Occidente sólo hay tres posibilidades: a través de Rusia, de Irán o de Afganistán.

Estados Unidos, por supuesto, no se lo dará a los rusos y, desde la caída del sha en 1979 Washington ha perdido su influencia en Irán. Así que sólo queda una posibilidad: Afganistán. Desde finales de 1994, en plena guerra civil, Estados Unidos apoyó a los talibanes que en ese momento tenían las mejores bazas para “estabilizar” el país. Esto era una necesidad para la construcción del oleoducto. Según la CIA, los talibanes eran considerados “un posible instrumento en el ‘Gran Juego’: la carrera por los recursos energéticos en Asia Central”.

Estados Unidos se convirtió en el principal patrocinador de este nuevo régimen canalla. Poco importaba que los talibanes fueran en ese momento los más virulentos violadores de los derechos humanos en el mundo. Según un diplomático estadounidense, los talibanes “evolucionarían como los saudíes. Hay Aramco [consorcio de empresas petroleras que controlan el petróleo saudí], oleoductos, un emir, ningún parlamento y mucha sharia. Podemos vivir con eso”.

 

4. Los talibanes no cumplen con su cometido

 

Al principio los talibanes consiguieron un éxito militar tras otro, pero finalmente no lograron conquistar todo el país. La esperada estabilización, necesaria para el oleoducto, no se materializó. Estados Unidos cambió entonces de estrategia y buscó la reconciliación de todas las partes en conflicto.

Washington exigió que los talibanes entrasen en conversaciones con la Alianza del Norte para formar un gobierno de coalición. Las conversaciones, que duraron hasta finales de julio de 2001, fracasaron. Estados Unidos advirtió que no se detendría ahí: “O aceptáis nuestra oferta de una alfombra de oro u os enterraremos bajo una alfombra de bombas”, fue el mensaje de los representantes estadounidenses a los talibanes a finales de julio.

Los talibanes no cedieron y en octubre comenzaron los bombardeos. Un poco más tarde se reveló que los planes de esta operación ya estaban en el escritorio del Presidente Bush dos días antes del 11 de septiembre. En el Washington Post del 19 de diciembre de 2000 el profesor Starr escribió que Estados Unidos “ha empezado a aliarse silenciosamente con aquellos en el gobierno ruso que están pidiendo una acción militar contra Afganistán y está jugando con la idea de otra incursión para eliminar a Bin Laden”.

A finales de junio de 2001, más de dos meses antes de los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono, la revista Indiareacts.com informó de que “India e Irán facilitarán los planes de Estados Unidos y Rusia para una ‘acción militar limitada’ contra los talibanes”.

 

5. Presidente oleducto

 

Los atentados del 11 de septiembre fueron, en cualquier caso, la excusa perfecta para que Washington invadiera Afganistán y expulsara a los talibanes del poder. De este modo, los planes para el oleoducto todavía podrían hacerse realidad.

“La conquista de Afganistán no tuvo nada que ver con Osama Bin Laden. Era simplemente un pretexto para sustituir a los talibanes por un gobierno relativamente estable. Un gobierno así debería permitir a la compañía Union Oil de California instalar su oleoducto a beneficio de la junta de Cheney-Bush, entre otros”, según dice Gore Vidal, un destacado columnista estadounidense.

Los hechos sobre el terreno lo demuestran. El 22 de diciembre Hamed Karzai se convertirá en el nuevo primer ministro afgano. Es una figura de confianza de la CIA y ha trabajado como asesor de Unocal, una gran empresa petrolera estadounidense que desde hace tiempo tiene planes de construir un oleoducto a través de Afganistán.

Otro asesor de esta empresa, Zalmay Khalilzad, fue nombrado por Bush nueve días después como enviado especial en Afganistán. Khalilzad había participado en el pasado en conversaciones con funcionarios talibanes sobre la posibilidad de construir gaseoductos y oleoductos. Había instado a la administración Clinton a adoptar una línea más suave con los talibanes.

Ambos hombres cumplieron su cometido correctamente. El 30 de mayo de 2002 la BBC informó que Karzai había llegado a un acuerdo con su homólogo pakistaní y turcomano para construir un oleoducto desde Turkmenistán hasta un puerto en Pakistán, atravesando Afganistán.

Unas semanas antes, Business Week comentaba así la evolución de la región: “Los soldados estadounidenses, los trabajadores del petróleo y los diplomáticos han llegado a conocer este lejano rincón del mundo muy rápidamente. Es el vientre de la Unión Soviética y una región que casi no había sido tocada por los ejércitos occidentales desde Alejandro Magno. Lo que está en juego para los estadounidenses es mucho. Lo que intentan es nada menos que la mayor conquista de una nueva esfera de influencia desde que Estados Unidos se comprometió en Oriente Medio hace cincuenta años”.

No funcionó como estaba planeado. Los talibanes fueron derrotados, pero no acabados. Además, tenían una moral mucho más alta que el ejército gubernamental, que sólo pudo resistir gracias a la cobertura aérea de la OTAN y otros apoyos logísticos. Cuando Biden decidió retirar ese apoyo hace unas semanas, todo se derrumbó como un castillo de naipes.

 

6. Coste y «resultados» de la guerra

 

Según el New York Times, la guerra más larga de la historia de Estados Unidos ha costado más de 2 billones de dólares. Anualmente, esto supone 100.000 millones de dólares o casi 20 veces más que el presupuesto entero del gobierno de Afganistán.

A pesar de las enormes cantidades de ayuda, los resultados son asombrosos. Casi la mitad de la población vive hoy en la pobreza. La mortalidad infantil es una de las más altas del mundo y la esperanza de vida una de las más bajas.

En el periodo anterir a la guerra se erradicó casi por completo el cultivo de opio. Actualmente el 80% de la heroína del mundo se produce en Afganistán. La guerra provocó 5,5 millones de refugiados. Es probable que esta cifra aumente ahora considerablemente.

El coste en vidas humanas es elevado. En los últimos veinte años han muerto 47.000 civiles. En el aspecto militar murieron 66.000 soldados y policías afganos, 51.000 talibanes y otros rebeldes. En el lado occidental murieron casi 4.000 soldados estadounidenses y 1.100 soldados de otros países de la OTAN.

Tras veinte años de ocupación volvemos a estar en el punto de partida. Un periodista de la television belga lo describe como “una catástrofe, un fracaso del modelo occidental para intentar cambiar un país como Afganistán”.

 

Nota:

(1) Chossudovsky M., War and Globalisation. The Truth Behind September 11, Ontario 2002; Howard S., ‘The Afghan Connection: Islamic Extremism in Central Asia’, en National Security Studies Quarterly Volume VI, nr. 3 (Verano 2000); Rashid A., L’ombre des Taliban, París 2001.

 

Traducido del neerlandés por Sven Magnus para Rebelión

Fuente: De Wereld Morgen