Sáhara Occidental: La guerra más ignorada del mundo

El pasado 13 de noviembre, tras treinta años de alto al fuego, el Frente Polisario (Frente Popular de Liberación de Saguía el Hamra y Río de Oro) anunció por intermedio de su secretario general y presidente de la República Árabe Democrática Saharaui (RASD), Bahim Ghali, que consideraba roto el acuerdo firmado con Marruecos en 1991, tras quince años de lucha, bajo los auspicios de Naciones Unidas que preveía un referéndum de autodeterminación, que nunca ha sido llevado a cabo.


 

En su mensaje, Ghali anunció que “las fuerzas armadas saharauis asumen el pleno control de la seguridad nacional y decreta el estado de guerra”, dado que el ejército real marroquí, penetró la zona de “amortiguamiento” de Guerguerat, en el extremo sur del Sáhara Occidental, junto a la frontera entre la RASD y Mauritania, con la excusa de restablecer el tráfico tras el bloqueo que militantes saharauis establecieron el 21 de octubre pasado, realizando actos de vandalismo y hostigamiento a los observadores militares de la Misión de Naciones Unidas para el Referéndum en el Sáhara Occidental (MINURSO), además de que habrían retenido unos 200 camiones por lo que se debe “garantizar la libre circulación de personas y bienes”.

Mohammed VI, rey de Marruecos declaró el lunes 16, su “respeto al alto al fuego” y advirtió que seguía decidido a responder con dureza, y en el marco de la legítima defensa, “cualquier amenaza” a la seguridad de su país, lo que incluye los sectores saharianos controlados por Rabat.

La nueva controversia se instala tras la finalización de los muros de arena que Marruecos construyó de manera unilateral, en los márgenes de una ruta vital para el tráfico comercial entre Rabat, Nouakchott y el resto de los países de África Occidental. Carretera de trazo ilegal que no es reconocida como tal por los saharauis ni por Argelia y que, según ha declarado Mohamed Salem Ould Salek, ministro de Relaciones Exteriores de la RASD, sólo sirve para el saqueo permanente de la riqueza de su patria.

El Estado Mayor de las Fuerzas Armadas marroquíes anunció que tras el bloqueo realizado por unas sesenta personas y las restricciones que han impuesto a la circulación, se estableció un “cordón de seguridad”. La operación, que según el Ejército “no es ofensiva ni tiene intención bélica” y que pretende “evitar todo contacto con personas civiles y no recurrir a las armas salvo en caso de legítima defensa”, se resolvió con la invasión de varias unidades militares marroquíes, que pretendían romper el bloqueo y crear un paso de seguridad. La acción extemporánea de Marruecos provocó la inmediata reacción de los milicianos del Frente Polisario, que respondieron con disparos y más tarde con varias acciones de ataque con cohetería contra cuatro bases militares y dos puestos de control marroquíes, instalados a lo largo del muro de seguridad, que se continuaron por lo menos hasta el pasado lunes 16, que según fuentes saharauis, habrían provocado varias muertes. Dado que el territorio es de difícil acceso y las autoridades marroquíes han bloqueado la llegada de periodistas, se complejiza la confirmación o no de las acciones de guerra de ambas partes.

Al igual que los palestinos, los kurdos, los baluchis, los tuaregs, los rohingyas y tantos otros, el pueblo saharaui, ha sido saqueado, sus territorios robados y sus destinos encadenados, obligándolos a vivir en un estado de permanente resistencia. Sin representación en los grandes organismos internacionales, donde hacer oír su voz, ignorados por más de cinco décadas, solo les ha quedado una opción: la lucha armada contra el usurpador de sus tierras y destinos, el reino autocrático de Marruecos, que, con el guiño de las potencias occidentales, las monarquías del Golfo Pérsico, y la complicidad de España, es el principal responsable de la actual situación de la RASD, que nuevamente debe enfrentarse con mínimos recursos a uno de los ejércitos mejor armados de África.

Desde 2018, Marruecos está llevando a cabo un importante proceso de modernización de todo su poderío armamentista, con la compra de aviones de combate, entre ellos, 25 nuevos cazas F-16 C/D, además de helicópteros de ataque, sistemas de defensa aérea basados en radares 3D, misiles de corto, medio y largo alcance ‒tierra-aire, aire-tierra, aire-aire, contra blindados y buques, carros de combate, lanzacohetes, grandes cantidades de municiones y equipos de radio y sistemas de visión de última generación.

Con esta adquisición, el reino de Marruecos consigue fundamentalmente dos objetivos. El primero es congraciarse todavía más con las potencias occidentales, proveedoras de toda esa panoplia. Sólo Estados Unidos le ha vendido armamento por 12 mil millones de dólares durante la era Trump, con lo que paga la escolta diplomática para moverse en los grandes foros internacionales. El segundo objetivo es el de mostrar músculo frente a sus vecinos argelinos, con quienes tienen un intrincado conflicto, no solo por reclamos fronterizos, sino también por grandes áreas riquísimas en minerales, que al momento de la retirada francesa quedaron en posesión de Argel, por lo que en 1963, estalló un conflicto armado que se conoció como la Guerra de las Arenas.

 

Cuarenta y cinco años de olvido

 

El proyecto del Gran Marruecos, que desde los años 40 del siglo pasado planteó el Istiqlal (Partido de la Independencia) y reviviría Hasán II tras su llegada al trono en 1961, no sólo incluía los territorios del oeste argelino, sino también partes de Malí, Mauritania y la totalidad de la antigua colonia española del Sáhara Occidental, es decir, la actual RASD.

Si bien, ni Hassan II ni su hijo Mohamed VI han podido avanzar en sus pretensiones expansionistas contra las tres primeras naciones, Marruecos junto a España han mancillado de manera permanente los derechos y libertades saharauis. Esto, a pesar de que el genocida Francisco Franco había decidido abandonar su colonia para 1975, mandato con el que asumió su delfín y ahora prófugo emérito Juan Carlos I, y que demás está decir, jamás cumplió.

El pasado lunes 16 de noviembre, uno de los miembros del equipo de negociadores saharaui advirtió que la guerra se prolongará si Naciones Unidas no asume su responsabilidad y obliga a Rabat a aceptar la legalidad internacional que se desprende del acuerdo de tregua.

Al tiempo que el reino alauita, que controla de manera ilegítima cerca de las tres cuartas partes del Sáhara Occidental, una vasta franja de desierto en la costa atlántica, incluidos sus yacimientos de fosfato y sus riquísimos bancos de pesca sobre el Atlántico, en esta oportunidad parece decidido a exterminar a la RASD, buscando extender el conflicto, ya que se ha conocido que de manera secreta ha infiltrado numerosos efectivos vestidos de “paisanos” en las zonas de la actual disputa, para generar ataques de falsa bandera. Ya en 2019, Rabat decidió unilateralmente suspender la mesa de conversaciones que había establecido con el Polisario, Argelia y Mauritania.

El domingo 15 de noviembre, el Frente Polisario informó que miles de voluntarios se estaban movilizando para unirse a sus filas y que “se estaban dando intensos combates a lo largo del muro de defensa marroquí” (muro de 2700 kilómetros que atraviesa el Sáhara Occidental y donde se estima que Rabat ha sembrado entre siete y diez millones de minas antipersonales, convirtiéndolo en el campo minado más extenso del mundo).

El montaje escenográfico de lo que se conoció como la Marcha Verde en noviembre de 1975, diseñada por el gobierno de Hassan II, con la que pudo movilizar casi 300 mil pauperizados marroquíes “escoltados” por el ejército, con el guiño de Washington, le permitió ocupar un territorio poco mayor al tamaño de Ecuador. Entre los grandes beneficios que ha obtenido Estados Unidos de este conflicto, Marruecos le ha cedido la base militar en Tan-Tan, donde en 2008, los norteamericanos instalaron el Africom (Comando Africano de Estados Unidos), muy cerca de El Aaiún, capital de la RASD, Canarias y Tinduf, campamentos de refugiados saharauis en Argelia, próximos a la zona del actual conflicto, donde una vez más el pueblo saharaui intenta cambiar su sino.

 

Editado por América Rodríguez para Investig’Action

Fuente: Rebelión