Populismo en Latinoamérica

Desde que Cristóbal Colón supo poner un pie en el Nuevo Continente, los nativos no han hecho más que pelear por recuperar su independencia y por sobre todas las cosas, luchar por recuperar su dignidad. América en su conjunto, exceptuando a Estados Unidos y Canadá, han sido y siguen siendo víctimas de colonialismo y neocolonialismo. Este dato que suele pasarse por alto a la hora de analizar las estructuras políticas de la región, resulta fundamental para comprender en su real dimensión los motivos de fondo que provocan surgimientos de nuevas formas de construcción populares arraigadas en conceptos tan elementales como son la independencia, soberanía y justicia social. Esto último hace a la formación de una identidad nacional que se antoja indispensable para el posterior desarrollo de una Nación en plenitud.

La identidad nacional es algo que se ha ido perdiendo a medida que la globalización avanza imperiosamente con sus consignas alienantes que repiten constantemente como un mantra. A raíz de estas problemáticas es que surgen gobiernos con raigambres populares que buscan recuperar aquello que los hace distintos como sociedad. Cada región tiene sus peculiaridades, el cual es a su vez, el resultado de una serie de procesos históricos. Por ese motivo, pretender adaptar los marcos conceptuales de Europa o Estados Unidos a los que se observan en Latinoamérica es querer forzar la realidad para simplificarla a un extremo absurdo.

Para entender el presente latinoamericano es necesario revisar su pasado con el fin de poder comprender en toda su dimensión los problemas estructurales que siguen aquejando y que los hace tan diferentes de países desarrollados. A su vez, es necesario librarse de los prejuicios que nos acechan al rever determinados personajes, épocas o episodios si es que en verdad pretendemos ampliar nuestra mirada acerca de los cambios que se están gestando en este continente.

Estas características particulares de la región conllevan a que no se hable tanto en términos de derecha e izquierda como sí suele hacerse en Europa, sino más bien en términos de independencia o yugo colonial. Cuando un país todavía no logra caminar por sus propios medios, hay cuestiones de forma cuyo análisis, de exprofeso, se detiene en una manipulación de las llamadas formas y que, por su complejidad y porque no interesa su análisis, no se ven ni abarcan en profundidad, tildando estos gobiernos, líderes o movimientos de populistas o carismáticos. Con esto no me refiero a otra cosa más que al tipo de construcción política que se ha dado en Latinoamérica, donde numerosas veces los gobiernos populares han cooptado el aparato estatal en sus distintas ramas para así tener mejores herramientas con las que dar la pelea de fondo: la independencia de un pueblo.

Esto sin dudas que visto desde la óptica ortodoxa no es bueno, ya que implica un “avasallamiento” del ejecutivo sobre los poderes legislativo y judicial. No por casualidad, en la región, los sectores conservadores se amparen una y otra vez en la defensa de las instituciones a pesar de que esto implique no poder desprenderse del entramado que sigue sometiendo a estos países hasta el día de hoy. Esto sucede porque la lógica que ha operado a esos poderes ha estado al servicio de intereses monopólicos concentrados.

Estos tres conceptos mencionados anteriormente (independencia económica, soberanía política y justicia social), forman parte de la “doctrina peronista”, la cual da cuerpo y forma a este movimiento popular argentino fundado por el General Juan Domingo Perón. Dicho proceso comprendió dos etapas lideradas por su jefe político, la primera se dio entre 1946 y 1955 (finalizó con un Golpe de Estado) mientras que la segunda, más corta, comenzó en Octubre de 1973 hasta su fallecimiento el 1 de Julio de 1974.

Si algo caracterizó a Perón en su faceta económica fue su matriz desarrollista en el plano industrial, la búsqueda constante de un Estado más participativo que regulase al mercado para así obtener una mejor distribución de los ingresos; en el ámbito político se buscó la integración regional y trató de no depender de los dos grandes polos ideológicos que predominaban la época. Perón planteaba la tercera posición, la cual queda reflejada en la famosa frase “ni yanquis ni marxistas, ¡Peronistas!”.

En el último apartado, respecto de la justicia social, podría decirse que se logró incorporar a vastos sectores que históricamente habían sido olvidados por la dirigencia política de turno. En el apartado social, la gran promotora fue Eva Duarte de Perón, más conocida como “Evita”, esposa y compañera del General. Ella encarnó los reclamos de los más desfavorecidos, ampliando derechos, dando asistencia constante, fomentado la construcción de numerosas escuelas y hospitales públicos, etc.

Los gobiernos de corte popular en Latinoamérica, a diferencia de lo históricamente ocurrido en el Norte, suelen estar atravesados por distintas corrientes ideológicas en su interior. El ejemplo más claro quizás haya sido el peronismo donde han convivido bajo el mismo espacio sectores de izquierda radicales encabezado por John William Cooke y también sectores reaccionarios liderado por López Rega y su grupo paramilitar llamado Triple A (Alianza Anticomunista Argentina). Estas contradicciones que parecieran ser insalvables para los estándares Europeos no lo son para la región. Si algo caracteriza a este tipo de movimientos políticos es que buscan concentrar poder de distintos sectores (no solamente de las bases populares que son las más visibles) para así tener un peso específico lo suficientemente grande como para encarar las reformas estructurales que son necesarias para alcanzar la independencia definitiva.

La independencia, como tal, tiene dos dimensiones que corren por distintos andariveles. El primero de ellos es el formal, el cual se ve reflejado en la declaración de independencia. Esto apenas alcanza para lograr una soberanía política a medias, ya que sin las herramientas económicas que permiten una libre administración de los recursos nacionales no sirve más que para empezar a poner los cimientos de lo que empieza a ser una Nación.

La segunda dimensión, y la que termina de dar forma a un país soberano, es la independencia económica: ésta es la más difícil de lograr. Apenas un puñado de países, la gran mayoría del sudeste asiático, han logrado incorporarse en el último medio siglo a los países “desarrollados. Pese a que nos quieren seguir haciendo creer que los Estados son elefantes fofos y torpes y que es mejor reducirlo a su mínima expresión, estas experiencias asiáticas demostraron que sólo un Estado participativo y que dirige los recursos nacionales para desarrollar una industria local competitiva puede lograrlo. Las bondades tan mentadas del libre mercado (particularmente de los mercados especulativos) ya se sabe que a la larga siempre terminan favoreciendo a los mismos, los cuales justamente son los que promueven dichas políticas. Un nuevo paradigma Latinoamericano.

En esta última década se produjo un cambio en la manera de encarar esta problemática. Se recuperaron viejas banderas que parecían enterradas por la larga etapa neoliberal vivida en la región desde los ´70 hasta principios de milenio. Se volvió a hablar de independencia, de soberanía, de Patria Grande… conceptos políticos que habían sido llevados al ostracismo ahora vuelven a estar en su máximo esplendor. Los nuevos gobiernos replantearon el concepto del Estado, el cual antes olvidaba a los más necesitados para atender las imposiciones que llegaban del exterior (F.M.I. y Banco Mundial principalmente); en cambio hoy se busca, con sus errores y aciertos, una mayor soberanía tanto en el plano político como en el económico.

Esto sin dudas, no es una buena señal para el Norte que siempre supo expoliar los recursos que aquí se hallaban. Por tal motivo es que los medios de comunicación masivos tienden a demonizar a los líderes de estos movimientos políticos. Sirva de ejemplo Chávez que fue tildado infinidad de veces como dictador (ganó 14 elecciones), Cristina Fernández de Kirchner en Argentina, el boliviano Evo Morales o Correa en Ecuador, todos calificados como autoritarios y poco democráticos.

Cuando se habla de populismo en forma despectiva, en realidad lo que se hace es socavar los movimientos de liberación política tendientes a romper los grilletes impuestos por el colonialismo, en una primer etapa, que después se transformó en un neocolonialismo, que no sólo ataca económicamente llevando a la quiebra a países, sino que además inculca, a través de su aparato propagandístico, una cultura del desarraigo tratando de imponer como propias conductas y costumbres propias de la metrópolis.

Este inmenso aparato nos quiere hacer creer que recuperar empresas nacionales, orientar el gasto público hacia los sectores más desfavorecidos o dejar de seguir los lineamientos impuestos por el F.M.I. o el Banco Mundial es populismo, cuando en realidad se está gestando una lógica económico/política, es un nuevo paradigma, son nuevas versiones de los Estados con sus pueblos y de estos pueblos entre sí, relacionándose sin opresión, basados en el respeto y cooperación… El punto de inflexión muchos analistas lo ubican en el 4 y 5 de Noviembre de 2005, fecha en la cual se celebró la IV Cumbre de las Américas. En Mar del Plata se dio la célebre frase de Hugo Chávez: “ALCA (Área de Libre Comercio de América) al carajo”. En dicha cumbre se decidió no aceptar la oferta norteamericana que pretendía incluir a la región en su órbita comercial sin barreras arancelarias, hecho que hubiera terminado de destruir la casi nula industria que había sobrevivido a la etapa Neoliberal de la cual recién se empezaba a salir. Esto sin dudas marcó un antes y un después en las relaciones tanto diplomáticas como comerciales entre el Sur y el Norte. Se empezó a dar mayor importancia a la integración comercial regional así como se abrieron nuevos horizontes, particularmente China, que busca constantemente nuevos mercados con los que crear nuevos y mayores lazos tanto comerciales como financieros. Después de una década de gobiernos populares en numerosos países de Latinoamérica se empiezan a observar cambios importantes en las estructuras socio-económicas. A diferencia de otras épocas, ahora se crece con inclusión reduciendo la brecha entre ricos y pobres, llegando a duplicar la clase media en la región. Seguramente impactará en el crecimiento la baja en los precios de los commodities ya que se sigue dependiendo de los mismos, pero las respuestas de los distintos Estados no serán de achique del gasto público perjudicando así a los sectores de menores ingresos sino que, por el contrario, los mismos están participando activamente en la economía para mantener fuertes sus respectivos mercados locales. A esto hay que sumarle un dato no menor, los países no dependen, como sí lo hacían en décadas pasadas, del sector financiero internacional. En los últimos años la deuda pública externa de América Latina y el Caribe registró una reducción notable, pues a comienzos de los años 90 representaba poco más del 70% del PIB mientras que en 2014 era de un 16%.

Esto no es fruto de la casualidad, en estos tiempos lo que importa es tomar las decisiones políticas que hay que tomar y tener el coraje suficiente para enfrentar lo que haya que enfrentar. Cuando uno ve como el gobierno griego de Tsipras se rinde ante las peticiones de la Troika dándole la espalda al pueblo griego que lo votó para que cambie ese esquema de ajuste y endeudamiento, se hace difícil no comparar esto con lo sucedido en Argentina durante la crisis del 2001.

Las coincidencias son numerosas:

1) Aumento de la deuda en ambos países se explica en gran parte por la estatización de deuda en manos privadas que fue absorbida por el sector público para generar “mayor confianza” en los mercados, esto contradice el discurso predominante que indica que el endeudamiento fue por un excesivo gasto estatal;

2) Privatización de las empresas y bienes en manos del Estado para cumplir con las peticiones de los acreedores (F.M.I. en un caso y la Troika en el otro);

3) Reducción del número de empleados estatales y a los que quedan se les reduce el poder adquisitivo al igual que a los jubilados. Por supuesto, estas medidas fueron consentidas por las dirigencias políticas de turno que sabían a quienes beneficiaban y a quienes perjudicaban, no hay ilusos en estas historias.

En Argentina, dos años después del estallido social del 2001 aparece en escena el gobierno de Néstor Kirchner que además de decir no al ALCA como se mencionó arriba, también decidió cancelar la deuda con el F.M.I. para que este dejara de entrometerse en sus políticas nacionales y por último el punto que cambió el esquema macroeconómico del país: logró una reestructuración con la mayor quita de deuda de la historia, permitiendo así crecer a tasas chinas durante años y con esto mejorar la calidad de vida de vastos sectores de la población que vivían en condiciones paupérrimas.

Quizás ésta sea la hora de la definitiva independencia Latinoamericana, las condiciones parecen confluir hacia este histórico objetivo. ¿Serán capaces los movimientos populares de forzar a los gobiernos para no dar marcha atrás con los logros obtenidos a la vez que se siguen conquistando nuevos derechos y libertades?

El pueblo es soberano y como tal debe hacerse escuchar. Como dijo Cristina Kirchner, “no tengan miedo por lo que va a pasar, porque ustedes son los que están empoderados, ustedes son los titulares de los derechos, los verdaderos dueños de su destino”.

Fuente: Diario de Nuestra América en www.investigaction.net