Paso al frente

La multitudinaria y bulliciosa movilización del lunes por la tarde y el paro que paralizó al país ayer martes cubriendo las calles de un silencio que gritó protesta, son dos caras de la misma moneda: la indignación de un sector importante de la sociedad que demanda cambios en la política económica oficial y una modificación en el rumbo general del gobierno. A todos los une el reclamo y distintos grados de enojo que van desde la furia, por un lado, hasta el muy cauteloso llamado de atención para ponerle un límite a los abusos del oficialismo, por otro.

 

Hay métodos y estrategias distintas, unidas en este caso por la presión de los sectores de base, que ya no son solo los trabajadores o los directamente excluidos, sino al que comienzan a sumarse poco a poco sectores de clase media decepcionados con la promesas incumplidas de Cambiemos. 

La unidad en la diversidad todavía es más atribuible a la incapacidad demostrada por el gobierno para manejar la situación del país, por el grave incumplimiento de un largo rosario de promesas de campaña atropelladas por los datos de la realidad y a la gravedad de la situación social, que a la destreza política de quienes se oponen. Por eso la moneda de la que hablamos, siendo importante en la coyuntura, tiene la misma fragilidad e inestabilidad que viene mostrando el peso argentino. Sirve circunstancialmente pero no alcanza ni para ponerle verdadero freno al plan del gobierno y, mucho menos, para garantizar una alternativa política en el futuro cercano. 

Una buena prueba de ello es que con el país totalmente paralizado la respuesta oficial se recarga de insensible obstinación para ratificar el rumbo porque “estamos haciendo lo que hay que hacer”. Y desde Estados Unidos, el Presidente se permite agravar la escena para adelantar, hablando en inglés, que se presentará como candidato para la reelección. Un mensaje que, por cierto, no queda claro si está dirigido a los ciudadanos de su país o a su interlocutor más habitual: “los mercados”. Ese mismo y omnipresente actor invisible que mostró su “preocupación” por la renuncia de Luis Caputo empujando hacia arriba la cotización del dólar. 

Son todos datos de una realidad compleja e indescifrable para el laburante común que, al margen de los “amoríos” presidenciales con Christine Lagarde, solo aprecia que su calidad de vida se deteriora paso a paso. El paro de 36 horas puso en evidencia el malestar social y sirvió, al menos parcialmente, para canalizar la bronca de las bases. No termina sin embargo de zanjar las diferencias políticas y, en consecuencia, estratégico-tácticas, que dividen tanto a la dirigencia política, como a la sindical y de los movimientos sociales. La “unidad en la acción” difícilmente lograda es de una fragilidad tal que nadie puede augurar que un par de hábiles jugadas del gobierno no lograrán resquebrajar lo que en los últimos días pareció ser un acercamiento de posiciones.

Porque diferentes son los tonos y los acentos aunque en algunos casos se usen hasta las mismas palabras. Hay quienes –por convicción o presionados por sus propias bases– están convencidos de que solo la movilización callejera le puede poner un límite al plan destructivo del macrismo. Allí se encuadran las vertientes de las CTA, la CTEP, movimientos sociales, los gremios ahora reunidos en Frente Sindical por el Modelo Nacional (Fresmona) e incluso las regionales de varios sindicatos que permanecen orgánicos en la CGT. Sin duda los partidos de izquierda y las organizaciones que le responden. De otro lado, el triunvirato cegetista, con diferentes tonos y acentos, sigue apostando a la negociación, a la mesa del acuerdo cerrado entre pocos y solo a regañadientes y forzados por las evidencias y el malestar de la base acceden a las medidas de fuerza. Resisten a toda costa el acto y la movilización callejera temerosos de quedar ellos mismos descolocados.

Dos cuestiones emergen en la agenda del país y ambas pueden servir para demarcar posiciones respecto del futuro, implicando también a la conducción política y a todo el arco de la dirigencia del país.

Uno es el próximo debate sobre el presupuesto. La sanción de esa ley en el Congreso se puede convertir en una bisagra fundamental en lo social y en lo político. Si se aprueba tal cual fue enviada puede consagrar la brutalidad del ajuste. Si, por el contrario, los legisladores hacen su trabajo al menos podrán mitigar el daño. En lo político los alineamientos en favor y en contra de la norma permitirán comenzar a trazar una divisoria de aguas, aunque también alianzas y aproximaciones de cara a la construcción de un frente político opositor. 

No menos importante resulta el mantenimiento de la paz social. Se trata de un valor insoslayable para el conjunto de la comunidad, que demanda el compromiso de todos los actores y sectores para garantizarlo. No hay nadie que pueda sentirse excluido de esta responsabilidad. Comenzando por el Gobierno. Sin perder de vista que la paz social no se garantiza a costa de los derechos, o imponiendo por la fuerza las opiniones propias. Menos por parte de quien está ejerciendo la fuerza del poder del Estado.

La paz social se garantiza sobre la base de la integralidad de los derechos y de la vigencia de la justicia.

Frente a una realidad que apremia, el Presidente sigue corriendo el arco. Lo que tendría solución al día siguiente de la asunción, se trasladó primero al segundo semestre y se fue moviendo cada vez más lejos en el horizonte a medida que las evidencias se lo impusieron. No se modificó, sin embargo, el discurso oficial, que sigue prometiendo un futuro venturoso… aunque el presente sea duro y aquel futuro cada vez más lejano. Lo que queda en evidencia es que Macri y su “mejor equipo” o son incapaces o mienten cínicamente, porque saben lo que están haciendo y a quien están beneficiando. Saque usted sus propias conclusiones.

Está claro, en cualquier caso, que estamos parados al borde del precipicio. Y más grave aún es que, a la vista de los datos, estamos a punto de dar un paso al frente.

 

Fuente: Página 12