Mi dulce y oscura África…

Si sé que algo bueno para mi patria es perjudicial para el género humano, lo ocultaré como un crimen (Montesquieu)

Por el interés de nuestro país no debemos tener miedo de dar la mano al diablo (Jacques Foccart)

La cuna de la humanidad… lo admiten sin demasiado convencimiento todos esos opinantes escépticos avergonzados de semejante oscura ascendencia. África casi nos recuerda el destino cruel de los héroes de la tragedia griega. Madre repudiada, continúa sufriendo los ataques envenenados de una descendencia renegada, al parecer indignada por una filiación tan poco honorable. Desde hace siglos la progenitora está siendo desangrada por el blanco, despedazada por la furia vampírica de una descendencia matricida.

Si sé que algo bueno para mi patria es perjudicial para el género humano, lo ocultaré como un crimen (Montesquieu)

Por el interés de nuestro país no debemos tener miedo de dar la mano al diablo (Jacques Foccart)

Ya está lejos el tiempo en el que, crédulos pero generosos, creyendo en el final del colonialismo, visionarios de la talla de Amed Sékou Touré, Kwamé n’krumah, Modibo Keita, George Padmore, Patrice Lumumba, Jomo Kenyatta o Léopold Sedar Senghor soñaban con una África que renacía de sus cenizas, cada uno ingeniándoselas para moldearla al gusto de su imaginación. Senghor luchaba por conciliar su «negritud» indignada y su federalismo cándido y ambicionaba la creación de una Commonwealt francesa. Para este poeta, la era de los imperios acabaría y las sociedades humanas del futuro se basarían en la solidaridad de las lenguas y las culturas. Consideraba a la Francofonía la panacea de todos los males del África francesa. La lengua del imperio, convertida en la herramienta por excelencia del diálogo de las diversidades étnicas y culturales, acabaría por allanar todos los obstáculos dentro de un espacio geográfico donde los antiguos depredadores y sus víctimas se unirían en la igualdad, la paz y la prosperidad. Poeta antes que cualquier otra cosa, sin duda Senghor confundía el humanismo idealista de la literatura ilustrada con la sombría realidad del imperio.

Hay que reconocer sin embargo que la ideología del «mundo libre» martilleada por los aliados durante los años cuarenta consiguió un gran número de adeptos entre los pueblos colonizados, que creyeron ingenuamente en la llegada de un mundo igualitario. En realidad los Estados occidentales apoyaron discretamente a Hitler en su guerra contra la URSS porque no esperaban en absoluto la debacle alemana. Entonces, cuando llegó, rápidamente volvieron la cara satanizando a los nazis vencidos, se apuntaron a la victoria de los soviéticos y así se presentaron como los libertadores de la humanidad y los vencedores del fascismo.

Después de la Segunda Guerra Mundial, en África fueron pocos los que escaparon de las garras del canto embriagador de la libertad. Pocos los que en aquella época sospecharon que la independencia no sería más que una simple remodelación de la explotación imperial. Asediados por la lucha heroica de los pueblos de África, los imperios coloniales tardaron en soltar la presa y multiplicaron las masacres gratuitas como las de Sétif y Madagascar. Pero los tiempos habían cambiado, presionados por la USRR y China por una parte y por Estados Unidos por la otra, el Reino Unido y Francia no estaban en condiciones de enfrentarse a las guerras de liberación. Las dos superpotencias nacientes, casi de común acuerdo, dieron el golpe de gracia a los últimos imperios coloniales europeos vacilantes y obsoletos. Continuando metódicamente su trabajo de zapa, el gran hermano estadounidense abrió definitivamente todos los portones a la libre circulación de sus capitales.

En ese contexto confuso de mutación imperialista es donde nacieron los sueños más grandiosos y generosos del panafricanismo. La idea de los Estados Unidos de África germinaba ya desde los años veinte en el espíritu del escritor jamaicano Marcus Garvey, que soñaba con una África fuerte y solidaria. Otro intelectual y activista afroestadounidense, William Edward Burghardt Du Bois, estuvo considerado durante toda la primera mitad del siglo XX como el padre del Panafricanismo. Hay que señalar que este sueño de unidad africana afectaba a toda la diáspora negra, que tras largos siglos de esclavitud y segregación esperaba mucho de esas independencias que a los ojos de todos esos hombres aferrados a su tierra natal devolverían al negro su estatus de hombre libre. El Panafricanismo, más allá de la lucha anticolonial dentro del continente, aparece como un impulso universal de emancipación de la raza negra.

La reestructuración de la hegemonía imperialista tras el eclipse de los imperios francés y británico y en la emergencia de los bloques estadounidense y soviético abrió durante algún tiempo una brecha en la que florecieron movimientos federativos como el Panarabismo, el Panafricanismo y los No Alineados. En medio de esta efervescencia tercermundista sin igual, las voces atronadoras de Kwamé n’krumah, Modibo Keita o Amed Sékou Touré llamaban a la unidad del continente. Para n’krumah la unión no era ni más ni menos que la fusión orgánica de los Estados africanos. Su doctrina, impregnada de un marxismo heterodoxo asociado a la idea tradicional africana del colectivismo, apunta a la resurrección de los valores humanitarios e igualitarios del África profunda. Paradójicamente y como una burla, sus padres fundadores, la Organización de la Unión Africana nacida en 1963, en lugar de consagrar la fusión instauró la división reconociendo la intangibilidad de las fronteras heredadas de la colonización Los jefes de Estado de todas esas naciones fríamente constituidas prefirieron así asumir la partición del continente decidida por los depredadores europeos durante la conferencia de Berlín de 1885.

Algunos años de euforia en el camino de las independencias constituyó el único momento de respiro para este continente machacado por siglos de esclavitud y colonización. Aprovechando la Guerra Fría, Francia volvió a la carga proponiendo a sus colonias una dependencia light. En primer lugar fue la ley-marco de Gaston Deferre de 1956 que concedía una amplia autonomía de gestión interna. En 1958, el general De Gaulle sometió a referéndum una constitución que preveía la instauración de una Comunidad Franco-Africana que reconocía a los territorios africanos una semisoberanía limitada en la gestión de sus asuntos internos. Aunque muchos de los territorios consultados dieron su consentimiento, otros como la Guinea de Sékou Touré rechazaron la constitución. El dirigente guineano consideraba, con razón, que a diferencia de la ley Defferre, la Comunidad Franco-Africana tenía por objetivo el desmembramiento de las dos grandes entidades federales, el África Occidental Francesa (AOF) y el África Ecuatorial Francesa (AEF). Detrás de su discurso unificador, en realidad de Gaulle planificaba la «balcanización» de su antiguo imperio colonial para controlarlo mejor. A la fogosidad unificadora de Kwamé n’krumah, el jefe del Estado francés respondió, como un desafío al presidente de Ghana, con la fragmentación y dislocación de una gran parte del continente. La originalidad paradójica de la descolonización francesa es que ha ido más lejos todavía que la conferencia de Berlín, procediendo a la desagregación sistemática del espacio y el tejido social africanos. Esta nueva sangría se inscribió en la marcha a contracorriente del imperio que se encallaba en dos guerras atroces, Vietnam y Argelia. La suerte del África negra francesa ya estaba sellada a pesar del advenimiento de las independencias en 1960. La balcanización operada por de Gaulle engendró entidades exangües incapaces de separarse económicamente del faldón de la antigua metrópoli. Lo más funesto fue que se trazaron con el lápiz territorios sin coherencia cultural ni geográfica. Cuando Sarkozy afirmó en su discurso de Dakar que los africanos no han entrado en la historia olvidaba que es precisamente el colonialismo el que se lo ha impedido al dividir en fragmentos su geografía y su historia.

Arruinado por los ingleses y franceses, el continente negro no debe sufrir una vez más los ataques de nuevos imperios. Durante más de treinta años, Estados Unidos y la Unión Soviética se enfrentaron por africanos interpuestos, multiplicando las masacres fratricidas y las hambrunas. En ese contexto de guerra fría los estadounidenses cerraron los ojos y dejaron las manos libres a la antigua metrópoli para que dirigiera a su antojo sus colonias «independientes». En septiembre de 1961, de Gaulle explicaba la futura política francesa en África: «Nuestra línea de conducta es aquélla que salvaguarde nuestros intereses…». Jacques Foccart, responsable de la célula africana del Elíseo fue más explícito: «Por el interés de nuestros país no hay que tener miedo de dar la mano al diablo». Así nació esa red oculta que será conocida después con el oxímoron de Francáfrica. Una nebulosa de actores económicos, políticos y militares franco-africanos organizados en redes y lobbies que constituye la cara oculta de la política francesa en el África subsahariana. Con un desprecio flagrante por el Estado de derecho, sólo la razón de estado orientará la política del Hexágono en esta parte del mundo. Desde aquella época, la política africana de Francia pertenece al dominio reservado al jefe del Estado y por lo tanto escapa a cualquier control democrático.

Si a los franceses se les mantiene al margen de los movimientos de esas redes, a los africanos se les mantiene en la miseria más negra mientras las riquezas de su suelo y subsuelo circulan entre las manos de los dirigentes franceses, las de los partidos políticos de la metrópoli y las de los «gobernantes negros». Las enormes rentas de las materias primas, así como la ayuda al desarrollo, se desvían en gran parte para garantizar el financiamiento oculto de los grandes partidos políticos. También sirven, por otra parte, para comanditar todo tipo de intervenciones en tierra africana para garantizar «la estabilidad» de los regímenes. Desempeñando admirablemente su papel de «subcontratista» de Estados Unidos para frenar la expansión comunista en el continente, el Estado francés ha conseguido asfixiar cualquier veleidad independentista auténtica. Satanización de los insumisos, corrupción, represalias económicas, golpes de Estado, asesinatos políticos… tales son las hazañas que jalonan la larga trayectoria de aquel «hombre en la sombra» que fue Jacques Foccart. Todos los jefes de Estado que han sucedido a de Gaulle han continuado su obra. Desde su llegada a Matignon en 1986 Chirac recuperó la «red foccartiana». Entonces creó su propia red poniendo a la cabeza a su asesor para África Guy Penne. A la muerte de Foccart en 1997 fue Robert Bourgi quien heredó su papel con la derecha.

Las estrepitosas declaraciones del candidato Sarkozy prometiendo acabar con esas prácticas se evaporaron pocas semanas después de su investidura. El 27 de septiembre de 2007, en el Elíseo, el jefe del Estado se dirigió a Robert Bourgi, después de condecorarle con la Legión de Honor, en estos términos: «Sé, querido Robert, que puedo seguir contando con tu participación en la política exterior de Francia, con eficacia y discreción. Sé que en ese terreno de la eficacia y la discreción tú has sido el mejor de los profesores y que no eres un hombre que olvidará los consejos de aquél que te aconsejó antes, de ‘permanecer a la sombra para no quemarte’. Bajo el ardiente sol africano ésa no es una precaución inútil. Jacques Foccart tenía razón». Es el mismo Robert Bourgi que pediría al Elíseo, en nombre del presidente gabonés Omar Bongo, la cabeza de Jean-Marie Bockel, el secretario de Estado de la cooperación y la Francofonía, culpable de haber denunciado públicamente la red en 2008 y de haber anunciado solemnemente que quería «firmar el acta de defunción de la Francáfrica». Fue Bourgi también quien empujó hacia la salida a Bruno Joubert, el «Señor África» de la célula diplomática del Elíseo.

Esta política caótica del ejecutivo francés muestra hasta qué punto la Francáfrica lucha por reinstalarse en el tablero imperialista en plena mutación. El discurso de Cotonou (Benín), en el que el candidato al Elíseo prometió el advenimiento de «una relación nueva (…), equilibrada, desembarazada de las escorias del pasado», sobre todo pretende seducir a los países africanos no francófonos como Angola y Nigeria por su petróleo y a Sudáfrica en tanto que potencial compradora de centrales nucleares. En el África francófona se trata, siempre conservando los vestigios del pre-carré francafricano, de aminorar las cargas de la metrópoli reduciendo, entre otras cosas, los contingentes del ejército en suelo africano. En efecto, frente a la penetración china, la competitividad de las empresas francesas está fuertemente penalizada por el peso de las cargas que le cuesta la red Francáfrica. En este sentido Sarkozy mira a Estados Unidos para pedir ayuda. Si de Gaulle convirtió la Francáfrica en el instrumento de la permanencia de su imperio, Sarkozy, preso en el torbellino de la globalización, ha convertido al Estado en un simple representante comercial al servicio de cualquier empresa.

Desde que el ser humano tiene memoria nunca el furor neoliberal se apoderó de tantos depredadores de todos los pelajes: estadounidenses, franceses, israelíes, británicos, rusos, chinos… Enloquecidos, todos ellos se lanzan una vez más sobre la presa, siempre la misma…

Tras los pasos de de Gaulle rematan la obra desgarrando lo que queda: Somalia, Sudán y seguramente una vez más Nigeria, mientras Costa de Marfil está al borde de la guerra civil. Sí, la vieja receta mágica no pasa de moda: lanzar a las etnias y confesiones unas contra otras… Estonces se garantiza un grandioso espectáculo de masacres sobre las riquezas del subsuelo.

Pero, por favor, ¿cómo pueden las gentes civilizadas seguir perpetrando tantas masacres y continuar destrozando ese continente martirizado?

¿No sería mejor ponerse de acuerdo entre naciones civilizadas?

¿Para cuándo la próxima conferencia de Berlín?

Traducido para Rebelión por Caty R.