“Me preocupa más la moderación de nuestro campo que la radicalidad de la ultraderecha”

En entrevista con ARGMedios, Juan Grabois profundiza su balance luego de las PASO. “Se está tratando de conformar a los factores de poder que derrotamos en 2019”, advierte. Contrato electoral, deuda social y política de minorías.


 

Domingo por la noche: llegan los primeros resultados de las PASO al bunker del Frente de Todos y una fiesta a medio hacer queda suspendida en el aire. Inexplicablemente, el oficialismo había insinuado su victoria cerca de las 19 horas, pero los cómputos iniciales señalaban otra cosa. “Algo no hemos hecho bien”, asumió el presidente Alberto Fernández sobre el escenario, junto a sus candidatos, candidatas y principales dirigentes.

Desde entonces, se multiplicaron los balances, a cielo abierto y a puertas cerradas. Una de las voces más convocadas en los medios es Juan Grabois, referente de los movimientos populares que integra la coalición de gobierno a través del Frente Patria Grande. Grabois no oculta sus críticas y se ha encargado de ofrecer algunas definiciones tajantes. En esta entrevista con ARGMedios, profundizamos en sus señalamientos, empezando por la deuda social, que se considera una de las razones detrás del “voto castigo” al oficialismo.

 

Daniela Ramos: Estos últimos días, luego de las PASO, hablaste de una “política económica amarreta” y también dijiste que “el contrato que se firmó en 2019 no era este”. La respuesta bien podría ser que en el medio hubo una pandemia, y antes, cuatro años de macrismo. ¿Crees que hay margen de acción? ¿Adónde está la plata que debería ir a los bolsillos de la gente?

 

Juan Grabois: Bueno, lo de la pandemia es un argumento, desde luego, muy válido. El del macrismo no, porque el macrismo era un dato conocido el día que firmamos ese contrato. Y hay cuestiones dentro del contrato que son de naturaleza extraeconómica.

Por ejemplo: durante la campaña, había una señora llamada Milagro Sala en la agenda argentina. No está más. ¿Qué pasó en el medio? ¿Milagro Sala fue liberada? ¿Ya no es más una cuestión de derechos humanos? No, tiene que ver con el reacomodamiento de una estructura de poder conservadora, donde existen pactos implícitos, que hicieron que una de las banderas de la campaña del Frente de Todos, como Milagro Sala, haya dejado de ser un tema. ¿Por qué? Porque no es conveniente en este momento —para algunos— ser consecuentes con lo que dijimos: que tenemos una casta judicial que persigue y que no garantiza el acceso a justicia de la gente. Una casta judicial que es la quinta columna del imperialismo en la región, y que va a seguir aplicando lawfare en la medida que exista potencial popular dentro de los gobiernos de la región.

Entonces, ahí ya tenés un síntoma de que, de alguna manera, se está tratando de conformar a los factores de poder que derrotamos en 2019. Y los derrotamos con nuestro rostro bien descubierto, con nuestra agenda. Ese es un elemento.

Otro elemento es que el Fondo Monetario Internacional no es un acreedor más de la Argentina. No es un acreedor privado, ni siquiera es un fondo buitre. Es un organismo político que tomó la decisión política de apoyar al señor Mauricio Macri, en un acto abiertamente ilegal desde el punto de vista de su propio estatuto. Por lo tanto, plantear esta negociación como si fuera un té de señoritos, y no como una situación de estafador y estafado, también nos habla de algo que no estaba en el contrato electoral.

Lo que tenemos en este momento es un ajuste fiscal cimentado en la negociación con el Fondo Monetario. Hay una política de austeridad en la Argentina que debería ser inversa, porque en los momentos de depresión, para el más moderado de los keynesianos, la inversión pública es contracíclica y permite la recuperación; y por lo menos alivia el sufrimiento social. Eso no estaría sucediendo.

Serían dos elementos que nos hablan de una violación del contrato electoral, y que dentro de la coalición gobernante tienen que ser debatidas. Incluso, yo creo que tendrían que haberse expresado en la disputa electoral primaria.

En esta etapa de la historia de nuestro pueblo, efectivamente, no hay una correlación de fuerzas electoral para un proyecto de transformación estructural como quisiéramos, pero somos una coalición, y en la coalición somos mayoría. La mayoría de los votos son de los que queremos enfrentar al Fondo Monetario como un estafador, y no como un acreedor simple. Cristina fue muy clara en su discurso en Cuba en relación a este tema.

Los que queremos una política de inversión pública y de protección social muy fuerte,  los que queremos terminar con las pequeñas élites burocratizantes aporteñadas que secuestraron la conducción del gobierno, esos, somos la mayoría. O por lo menos somos una parte importante. Acá hay un problema serio sobre la orientación general del gobierno que no se está discutiendo como corresponde en una coalición.

 

DR: En relación a esto último, también te escuché en entrevista con Nancy Pazos, donde decías “Basta de porteñocentrismo” y reclamabas el protagonismo de sus núcleos ideológicos en la agenda. ¿A qué te referís concretamente? 

 

JG: Uno lo puede ver en lo que pasó en Perú, más allá de la situación actual. Para decirlo burdamente: había una izquierda dura, no progre, verdaderamente popular —no que usa la palabra popular como adjetivo para suplir lo que no es en realidad— que era muy irritante para el progresismo limeño. Pero hoy están conviviendo en una coalición. Ahora, ¿quiénes pusieron los votos? ¿quiénes ganaron la elección? La ganó el pueblo pobre, con todas sus contradicciones.

Entonces, hay una agenda sobrerrepresentada, que es la agenda de minorías, que uno lo podría ejemplificar con la obligatoriedad de la utilización del lenguaje inclusivo en determinadas instituciones. Eso es una política de minorías. ¿Está mal? No sé si está mal o bien, yo tengo un montón de compañeros y compañeras que hablan con lenguaje inclusivo, pero está sobrerrepresentado en la agenda. Porque es el aire que respiran cotidianamente los ministros, ministras y el presidente, el aire de la pequeña burguesía progresista de la Capital Federal.

 

DR: Ahora, ¿vos crees que esa agenda, con el ejemplo que dabas, es la que obstruye una política hacia las demandas populares?

 

JG: No, no: es lo que caracteriza por donde van los pies de gran parte del aparato estatal y de los funcionarios. Los pies van por los pasillos de las universidades, de la pequeña burguesía intelectual porteña… La mente va por donde los pies caminan.

Hay un desconocimiento profundo del llamado interior, de las provincias, y una gran negligencia en relación a la situación del sector. Una negación del sujeto campesino indígena. Si uno mira el presupuesto de la agricultura familiar se da cuenta que no existe, es una negación abierta. Su máxima expresión fue la idea de que “los argentinos venimos de los barcos”. Efectivamente: los porteños, la mayor parte, venimos de los barcos, pero el conjunto del pueblo argentino es plurinacional.

 

DR: En varias oportunidades mencionaste que el gabinete, como cuerpo, no funciona. Incluso, que hay ministros que no se comunican entre sí. Más allá de los posibles cambios de nombres, ¿no hay un problema más elemental en cuanto a cómo se procesan las diferencias de orientación dentro del Frente de Todos?

 

JG: Yo creo que hay una combinación de factores. La falta de una jefatura clara en torno a las políticas de gobierno es un problema objetivo para cualquier tipo de estructuración política, sea un gobierno de coalición o un partido más sólido. Acá hay un elemento que es casi de método, de cuál es el método de conducción. Y creo que ahí aplica mucho un problema de la psicología también, un problema de los sectores pequeño burgueses de las ciudades sin arraigo popular, que es la frivolidad y el liberalismo. Es decir: no sentir las urgencias del pueblo como propias y no trabajar con los niveles de responsabilidad que requiere un gobierno popular.

El segundo problema, como bien decís, es un problema de orientaciones… No sé si es el segundo, es hasta de tercer orden. Porque no hay tanta, tanta diferencia en la orientación de trazo grueso de las políticas públicas. Hay un problema de disputa de poder, de faccionalismo, que en última instancia, es un problema de construcción política.

Y en tercer orden, también hay un problema de orientación. El problema de las orientaciones se expresa más en los dilemas macro, como el del Fondo Monetario, el gasto público, la relación con los grandes conglomerados empresarios, mediáticos y la corporación judicial. Pero los problemas de la gestión cotidiana, de las políticas públicas en las que hay acuerdo, son problemas de método de conducción y de mediocridad del personal político. Y el porteñocentrismo tiene mucho que ver con esto, porque si uno ve la composición del gabinete, difícilmente encuentres hombres y mujeres de las provincias. Y sobre todo, hombres y mujeres de las provincias que no estén aporteñados, es decir, que representen la idiosincrasia real de sus provincias. Bueno, ahí hay un problema serio.

Además, siempre están en mejores condiciones para ocupar los espacios, porque efectivamente cuentan con prestigio intelectual y cultural. Ahora, en nuestra coalición hay una composición plebeya que tendría que estar representada con más fuerza. No solamente en sus áreas, como economía social, integración urbana, agricultura familiar; donde hay hombres y mujeres de los sectores populares. Pero no los hay en las discusiones más generales. El rol del sector plebeyo está relegado a la discusión de los problemas focalizados del sector plebeyo. Eso también es un tema, en cuanto a cómo está conformado el sistema de poder en la Argentina.

 

DR: Tras las PASO, además de hacer este balance público, ¿discutiste tu mirada con integrantes del gobierno? ¿Tuviste alguna devolución?

 

JG: La falta de una jefatura fuerte en el gabinete se la transmití al jefe de Gabinete, porque me parecía noble planteárselo a él directamente. Para mí, insisto, no es un problema de la persona. Cafiero podría ejercer una vocería muy buena, y podría tener un rol muy bueno en la coordinación de algunas cuestiones. Pero en el ejercicio de seguimiento y coordinación de las políticas públicas, yo creo que se necesita una figura de autoridad muy fuerte. Lo mencioné a él porque, además, es una persona a la que estimo humanamente y no quiero que lo vea como un problema con él. Pero sí veo un problema en la coordinación del gabinete. Y me parece que parte de mi responsabilidad política es plantearlo.

 

DR: Y más allá de los errores propios, ¿ves mérito en la campaña de la oposición de Juntos por el Cambio?

 

JG: La mejor decisión que tomaron en Juntos por el Cambio es hacer PASO. Porque Juntos por el Cambio es una coalición política de derecha heterogénea, donde hay también tendencias internas. Y al hacer PASO, por ejemplo, en la principal provincia de este país, entre un representante del sector más político tradicional —como puede ser Santilli—y un representante de la no-política, de lo que viene de afuera  —un científico empresario como Manes—, fue una interna atractiva para el electorado.Y nosotros cometimos el error de tratar de disimular las diferencias en una lista de unidad. Fue un error grave. Creo que tuvieron mérito en ver eso.

Lo mismo en Ciudad de Buenos Aires, con López Murphy como un sector del neoliberalismo duro y Vidal como una especie de macrismo sensible. Bueno, mostraron un despliegue de matices que nosotros no mostramos, y fue un error.

Y después creo que el mayor éxito “propagandístico” lo tiene Milei, un emergente de la ultraderecha que recibió una catarata de votos de los más pobres entre los pobres. De las villas, de las barriadas de la Ciudad de Buenos Aires. Porque el tipo empatizó con el enojo de la gente, más allá del contenido de su discurso, que era un contenido de los libertarios de la escuela austriaca, que a nadie le importa demasiado. La forma de su discurso, donde había una crítica a la casta parasitaria y privilegiada de la política, tiene el problema de la despolitización pero tiene la virtud de reflejar una realidad que efectivamente existe. Al decirlo muy enojado, muy desenfrenadamente, con un physique du rôle de tipo duro que va a enfrentar a los privilegiados, conectó con un sector del pueblo.

Y otro acierto de la derecha —que fue un grave error nuestro— fue haber focalizado en los problemas de educación. Porque la pandemia, la cuarentena y las distintas instancias de gobierno provinciales y nacionales que debían garantizar el acceso a la educación de los pibes —sobre todo los pibes más pobres— funcionaron de manera muy defectuosa. La gran mayoría de los pibes fueron abandonados por el sistema educativo, y hay un retraso gigantesco en la capacidad cognitiva de los pibes más humildes, que desde un despacho no se ve. Pero los que estamos en el territorio lo vivimos y lo sentimos. Y ese problema fue capitalizado por la derecha con mucha claridad.

 

DR: ¿Qué valoración hacés del desempeño electoral del Frente de Izquierda?

 

JG: En la Argentina están en ese porcentaje, entre un 3% y un 6%. ¿Qué pasó? En la elección anterior, al ser una elección presidencial, había una mística militante extraordinaria porque teníamos que sacar a Macri. Y el Frente Izquierda quedó en un no lugar, porque no era alternativa real al macrismo ni parte del Frente de Todos. Pero ahora quedó en un lugar de captación del voto de descontento, que le permitió duplicar ese tres y pico por ciento a seis por ciento.

Pero tampoco es que se produjo un corrimiento a la izquierda del sistema político. Todo lo contrario: se produjo un corrimiento hacia la derecha y lo tenemos que sacar de ese lugar a las patadas. Porque una reacción posible y lamentable que podría tener la conducción del Ejecutivo —e incluso el Frente de Todos— es pensar que la derechización del voto se combate con la derechización del gobierno. Eso sería un error garrafal que generaría muchos problemas. O sea, eso destruiría la coalición.

 

DR: ¿Te preocupa entonces la proyección de estas figuras de derecha y la penetración de sus discursos?

 

JG: Me preocupa más la pasividad de nuestro campo, la adaptación a una práctica política y a un discurso levemente reformista de nuestra generación y de los más jóvenes. Si nuestro campo se queda en la cómoda de adaptarse a gobiernos levemente reformistas, socialdemócratas, y aplaude estúpidamente la política de minorías, estamos jodidos.

Tengo más preocupación por la moderación de nuestro campo que por la radicalidad de la ultraderecha, porque esa radicalidad se alimenta de la adaptación al sistema político, del status quo de nuevas generaciones.

 

DR: Volves ahí sobre el tema de las políticas de minorías, ¿cuál te parece que debería ser el abordaje en ese sentido? Considerando que también tiene inserción dentro del campo popular, ¿o no?

 

JG: Primero hay que diferenciar lo que es el pueblo pobre y trabajador de lo que son los militantes del campo popular. Los militantes del campo popular tienen que estar al servicio del pueblo pobre y trabajador, y priorizar su agenda. La agenda central en la Argentina es la agenda de tierra, techo y trabajo;  la lucha contra la pobreza y la recuperación de la educación. Todo lo demás son agendas concomitantes, que en un momento empalman con el sistema de medios de comunicación y se convierten en una especie de boom. Y luego de ese empalme, pasan y vuelven a su lugar de política de minorías.

Y esto es muy duro: asumir que el documento no binario —que insisto, yo no tengo una posición en contra de eso— no es una conquista popular. No es una conquista de las clases populares y eso empalma perfectamente con el sistema de comunicación.

Ahora, como vos decías antes, ¿eso obstruye la otra agenda? No, pero es un lugar cómodo para sublimarla o transferir la potencia política a otro lugar, como si fuera sustitutiva. Se produce una operación sustitutiva en la mente del dirigente, del militante, en la que una cosa compensaría la otra, y entonces vale la pena estar en la coalición porque tenemos un documento no binario. Bueno, eso es un problema. Lo que diferencia un gobierno popular de un gobierno que no lo es son los patrones de distribución de la riqueza, y la proyección de un futuro mejor para las mayorías populares.

Pasó una cosa con la política de derechos humanos en los 90. Me la explicó Jorge Taiana, nuestro ex canciller, y a mí me impactó profundamente y me hizo pensar mucho —siempre lo quise volver a discutir con él y siempre me olvido—. Él me dijo que cuando cayó el muro de Berlín hubo una suerte de pacto tácito, donde al eurocomunismo se le otorgó como elemento de contención —para evitar una resistencia más fuerte al mundo unipolar— un cierto monopolio sobre el mundo de los derechos humanos. Y su premio consuelo era hablar de los derechos humanos. Y ahí tenían cargos en la ONU, fundaciones: refugios de la izquierda derrotada en el campo del socialismo real europeo.

Yo creo que pasa algo muy similar con algunas políticas en Nuestra América. Es una forma de contener a la juventud militante y a sectores medios que tienen que unir su destino al pueblo pobre, al pueblo trabajador, al campesinado, a los pequeños productores, a los pueblos originarios. Pero unirlo de verdad, no discursivamente para hacer una sustitución, una suerte de estafa intelectual y ética .

Y eso se expresa claramente con lo que pasó con Milagro Sala: fue un eje de lucha en representación de la mujer indígena, militante popular, que con el acceso al poder político, desapareció. Y eso incluye a muchas de las personas que lucraron políticamente con su figura, disolviendo esa lucha y posibilitando que eso no haya sido una bandera del Frente de Todos. Esas son las coimas espirituales e ideológicas con las que el sistema absorbe el potencial revolucionario de la juventud de sectores medios e intelectuales.

 

DR: Por último, ¿cuáles te parece que son las tareas de los movimientos populares en esta etapa?

 

JG: En esta etapa, y en lo inmediato, nuestra tarea es garantizar una expansión de la inversión pública sobre los trabajadores y trabajadoras de la economía popular, informales, de cuidados. Estamos en una etapa de lucha económica, que desde luego está vinculada a lucha política. Eso se puede expresar a través del salario universal, que es nuestra reivindicación programática, o se puede apreciar a través de otro tipo de políticas, pero se tiene que expresar en un mayor nivel de inversión social.

Por otro lado, el trabajo junto al movimiento obrero organizado por el salario mínimo y el salario medio, que por lo menos empate la línea de pobreza. Hoy la mitad de los trabajadores en relación de dependencia están por debajo de la línea de pobreza. No hay ninguna justificación político económica para que un gobierno que se diga popular tenga la mitad de los laburantes registrados por debajo de la línea de pobreza. Eso es un escándalo. Y que que los movimientos populares no planteemos eso es una claudicación que no se puede aceptar.

El tercer elemento, que es muy políticamente incorrecto, es reconocer el abandono de la educación pública sobre nuestros pibes. Que no es echarle la culpa a los maestros, ni mucho menos. Hay maestros y maestras heroicas, como también hubo muchos que no lo fueron. Pero el problema no está ahí, no está en los trabajadores. El problema está en los mandos medios, en la estrategia del gobierno y en la desconexión absoluta de la realidad de los ministerios con la realidad de los sectores populares en términos de acceso a la educación, conectividad de internet, etc.

Yo creo que ahí tenemos tres ejes de lucha que son fundamentales. Agregaría también lo del sector rural campesino indígena, que está muy abandonado  —hoy justamente tuve una reunión por este tema — y por la aceleración de todos los programas de buen gobierno que nos propusimos desde el Frente de Patria Grande y los movimientos sociales cercanos; programas que fueron nuestra partecita del contrato electoral.

 

Fuente: ARGMedios