La COP de Egipto: “El concepto de deuda ecológica pone de relieve las responsabilidades no sólo actuales sino también históricas”

La 27ª Conferencia de las Partes de las Naciones Unidas (COP) sobre el cambio climático se celebra en Sharm el-Sheikh del 6 al 18 de noviembre de 2022. A pesar de muchas promesas, los gobiernos siguen dejando que las emisiones de carbono aumenten y que la crisis ecológica se agrave. Tres preguntas con Renaud Duterme, geógrafo y autor de varios libros sobre la deuda ecológica.


 

¿Cómo es que la deuda ecológica vuelve a estar en el centro de los problemas climáticos y, en un nivel más global, ecológicos? En un discurso recogido por la mayoría de los medios de comunicación, Emmanuel Macron pidió a China y a Estados Unidos que asuman sus responsabilidades. ¿No es un poco fácil que Europa se desentienda, utilizando este discurso de la Europa “bien educada”?

 

El concepto de deuda ecológica pone de relieve no sólo las responsabilidades actuales, sino también las históricas, de los países con respecto a las emisiones de gases de efecto invernadero. Este concepto subraya el hecho de que lo esencial del desarrollo económico de un puñado de países (Europa Occidental, América del Norte, Japón, etc.) se ha basado durante siglos en la explotación de las poblaciones y los ecosistemas del Sur. Esto sigue siendo evidente hoy en día cuando observamos los desastres causados por la explotación minera y petrolera o por la agricultura intensiva, cuyos recursos se destinan principalmente a los países del Norte y benefician a las grandes empresas de estos sectores (a menudo también del Norte).

En cuanto a las cuestiones climáticas, la configuración es similar. Si observamos la evolución de las emisiones de gases de efecto invernadero, podemos ver que aumentaron a partir del siglo XIX antes de dispararse en la década de 1950. Sin embargo, hasta los años 80, o incluso los 90, la gran mayoría de los países del Sur emitían muy poco, porque estaban muy escasamente industrializados (incluso China).

Sólo a partir de ese momento, un cierto número de países “emergieron” y, por tanto, aumentaron sus emisiones de gases de efecto invernadero. Además, gracias a los avances en los transportes y las comunicaciones (avión, ‘containerización’ y luego Internet), este periodo estuvo marcado por importantes deslocalizaciones industriales y agrícolas del Norte al Sur. Sin embargo, con este fenómeno también se trasladará la contaminación inherente a estas actividades. En otras palabras, los países ricos se darán la ilusión de avanzar en la reducción de sus propias emisiones, mientras señalan a los países emergentes como los responsables del calentamiento global.

 

Las problemáticas ecológicas se reducen a menudo de forma muy simplista al clima, ¿no es esto para evitar afrontar cambios económicos y sociales muy importantes para la gran mayoría de los gobiernos, proponiendo sólo soluciones tecnológicas? El mismo Macron se “comprometió” hace unos días a acelerar el desarrollo de las llamadas energías renovables, la energía nuclear y los coches eléctricos.

 

El problema de esta historia es que se considera que el calentamiento global es el problema, cuando en realidad es un síntoma de un problema mayor, que es el rebasamiento de la biocapacidad de la Tierra. Este rebasamiento se produce por la sobreexplotación de los recursos, la destrucción de los ecosistemas y la acumulación de residuos de todo tipo. El resultado es la alteración del clima, pero también el colapso de la biodiversidad, el agotamiento del suelo, la contaminación química generalizada, etc. Por tanto, debemos considerar soluciones que tengan en cuenta todos estos factores, no sólo el clima. 

En mi opinión, la principal razón por la que las élites políticas, económicas e incluso mediáticas se centran en el calentamiento global es que este problema les permite abrir nuevos mercados mediante “soluciones” que no cuestionan la lógica capitalista. Pongo deliberadamente la palabra solución entre comillas porque es pura ilusión. El capitalismo es obviamente un obstáculo para mantener los objetivos climáticos, pero nos da la ilusión de que los problemas pueden resolverse mediante soluciones técnicas.

Por otra parte, considerar la cuestión ecológica en su sentido más amplio implica pensar en todos los aspectos ajenos a las soluciones previstas. En el caso del coche eléctrico, por ejemplo, hay que tener en cuenta la extracción de cobalto y litio (y sus corolarios, que son la destrucción de paisajes, el acaparamiento de recursos hídricos, la contaminación de los ríos, la explotación de los trabajadores, etc.), la fabricación y el tratamiento de las baterías al final de su vida útil, la producción de la electricidad necesaria, etc.

Sin embargo, si observamos estos problemas desde un punto de vista sistémico, sólo podemos constatar que la mayoría de las tecnologías propuestas no harán más que desplazar (o incluso agravar) la crisis ecológica, al menos si seguimos atrapados en una lógica de sobreproducción y acumulación ilimitada. En cambio, si analizamos todas las externalidades, sólo encontramos una salida: la necesidad de producir menos, consumir menos y transportar menos. Esto significa reducir la velocidad, lo que está en total contradicción con el capitalismo. De ahí la necesidad de empezar a pensar en políticas radicales destinadas a mantener unas condiciones sociales dignas para la mayoría en un entorno cada vez más restringido. Esto implica inevitablemente un equilibrio en el reparto de la riqueza.

 

Volvemos a oír hablar de las deudas históricas, financieras y climáticas a través de la cuestión de las “pérdidas y daños” incluida en el orden del día de esta COP, ¿no siguen los Estados occidentales con un enfoque colonialista a través de las condicionalidades exigidas a los países del Sur?

 

Sin duda, como lo demuestra el mantenimiento de numerosos mecanismos de dominación neocolonial como la deuda, los Planes de Ajuste Estructural o los numerosos acuerdos de libre comercio que dan plena libertad a las grandes empresas multinacionales.

Si el planteamiento fuera realmente sincero, iría acompañado de fuertes exigencias como la condonación de las deudas de los países del Sur, políticas de reparación de los daños infligidos a las poblaciones y ecosistemas del Sur, o compensaciones económicas por la no explotación de los recursos, como la iniciativa Yasuní propuesta por el gobierno ecuatoriano.

Sin embargo, es imprescindible superar la visión Norte-Sur que, aunque sigue siendo pertinente, es muy compleja y oculta las relaciones de explotación y dominación dentro de cada país. Así, tanto en el Norte como en el Sur, son efectivamente categorías sociales específicas (dirigentes empresariales, políticos, gestores de fondos de inversión, etc.) las principales responsables de las catástrofes en curso, no sólo por su desproporcionada huella ecológica en comparación con el resto de la población, sino también por su participación activa en la lógica extractivista a través de sus vínculos con la agroindustria, las finanzas o las industrias mineras y petroleras.

Por lo tanto, no hay mucho que esperar de las COP, ya que están tan dominadas por los intereses privados y las apetencias electorales. Sólo una fuerte movilización popular, si es que todavía es posible, puede invertir la tendencia.

 

Traducido por Edgar Rodríguez para Investig’Action

Fuente: Investig’Action