¿Es esta la nueva normalidad?

2021 fue un año agitado, lleno de imprevistos. Los partidarios de Trump asaltaron el Capitolio, no se resolvió la crisis del COVID-19 y la degeneración del clima provocó inundaciones sin precedentes. ¿Es esta la nueva normalidad? Una mirada contradictoria a algunos de los acontecimientos llamativos del pasado año.


La democracia amenazada en Estados Unidos

 

El 6 de enero varios miles de partidarios de Trump irrumpieron en el Capitolio para impedir que Biden fuera declarado presidente. Vimos imágenes que nadie esperaba en un país «democrático» de Occidente. Este «golpe» fallido no fue en absoluto el fin de la era Trump, sino todo lo contrario.

El asalto al Capitolio radicalizó aún más al Partido Republicano. El 70% de su base y una abrumadora mayoría de los funcionarios electos siguieron apoyando firmemente a Trump a pesar de este flagrante ataque al Estado de derecho. El 56% de los republicanos incluso cree justificada la violencia para «proteger el modo de vida tradicional estadounidense». Muchos de ellos opinan que los asaltantes son buenos patriotas.

Mientras tanto, el Partido Republicano se ha embarcado en una operación para asegurarse la victoria en las próximas elecciones presidenciales. En los 19 estados en los que son mayoría se han aprobado leyes que dificulta votar a las personas de color. Los funcionarios que se opusieron al intento de Trump de socavar los resultados están siendo purgados y sustituidos por partidarios leales. En más de diez estados se han promulgado leyes que dan a los republicanos un fuerte control sobre el recuento y el control de las papeletas.

¿Puede Biden provocar un cambio? Hay pocas posibilidades. Hasta ahora no ha podido realizar ninguno de sus grandes planes y promesas. En primer lugar, porque es prisionero de los poderosos grupos de presión que le apoyaron durante su campaña electoral. Los planes de reducción de impuestos beneficiarán principalmente a la clase alta rica. Mientras tanto, la vida se encarece y la crisis del COVID-19 se prolonga. Mejor ni hablar de su torpeza durante la retirada de Afganistán.

Tiene una mayoría muy justa en el Senado y hay muchas luchas internas en el Partido Demócrata. La popularidad de Biden ha caído al 43%. Es el segundo porcentaje más bajo de un presidente en funciones al cabo de un año. En 2022 se arriesga a perder las elecciones parlamentarias de mitad de mandato, lo que le hará aún más débil frente a Trump en 2024. Las próximas elecciones presidenciales podrían convertirse en una crisis constitucional o algo peor.

 

La interminable crisis del COVID-19

 

En 2020 la gestión de la crisis del COVID-19 en la mayoría de los países occidentales fue desastrosa. Los gobiernos no estaban preparados, reaccionaron demasiado tarde, y carecieron de valor político y de decisión para cortar la pandemia de raíz. Además, cuarenta años de políticas neoliberales han afectado gravemente a la asistencia sanitaria. Como resultado, cientos de miles de personas perdieron la vida innecesariamente.

Pero no hay que preocuparse, a principios de 2021 llegaron las vacunas como una especie de deus ex máquina, que nos iban a llevarían rápidamente de vuelta al «reino de la libertad». Una vez alcanzado un porcentaje suficientemente alto de vacunados en la población, las medidas de seguridad se suprimieron inmediatamente. Libertad para ser feliz.

Esa decisión fue muy miope, porque Occidente piensa principalmente en sí mismo cuando se trata de la vacunación y olvida que el virus no conoce fronteras. La inmunidad de grupo en un país o región es una ilusión, el nacionalismo de las vacunas una idiotez. En un mundo altamente conectado no se derrotará a la pandemia en ninguna parte hasta que lo sea en todas partes. Los expertos nos han advertido desde el principio sobre las variantes, especialmente las procedentes de zonas donde es baja la cobertura de vacunación.

Una vez más, nadie le hizo caso a la ciencia y se dejó de lado a los países del Sur. El acaparamiento por parte de Occidente es escandaloso. Hoy en día casi el 70% de los habitantes de los países más ricos están totalmente vacunados. En los países más pobres apenas se llega al 3,5%.

Además del nacionalismo «de las vacunas», el afán de lucro de los gigantes farmacéuticos también desempeña un papel fatal. Apoyados por los gobiernos occidentales, se niegan a liberar las patentes y se aferran desesperadamente a su monopolio de producción de las vacunas. Esta situación hace que se produzcan menos vacunas de las que el mundo necesita, aunque se generan unos beneficios exhorbitantes. Los dos productores de vacunas más importantes, Pfizer/BioNTech y Moderna, obtienen en conjunto un beneficio de 65.000 dólares por minuto. A los accionistas les importa un pepino que esa situación monopolística haga que mueran millones de personas innecesariamente.

A consecuencia de ello pronto tuvimos que lidiar con las variantes, contra las que no solo no sirven las vacunas, sino que también pueden reinfectar a alguien. La variante ómicron probablemente sea menos mortal y tenga síntomas menos graves, pero, al ser mucho más contagiosa, está sometiendo al sistema sanitario (tanto a los médicos de cabecera como a los hospitales) a una fuerte presión, una vez más. También sigue siendo peligroso y mortal para ciertos grupos de riesgo. Y no parece que la variante ómicron vaya a ser la última.

Oficialmente, hasta ahora han muerto 5,4 millones de personas a causa del COVID-19. En realidad es probable que la cifra ronde los 12 millones. Y quienes pensaban que la pandemia había terminado, se equivocan. Hoy en día todavía se muere una persona de COVID-19 cada 12 segundos.

Si seguimos metiendo la pata así, corremos el riesgo de que esta crisis interminable se convierta en nuestra nueva forma de vida. «Si queremos volver a tener una Navidad normal, tenemos que vacunar a todo el mundo», dijo Nick Dearden, director de Global Justice Now.

 

Aún no se ha evitado que degenere el clima

 

El pasado verano Bélgica y Alemania se vieron afectadas por unas inundaciones sin precedentes. Fue una dolorosa llamada de atención sobre lo que nos espera si dejamos que el clima siga degenerando. Para evitar esta degeneración, el calentamiento del planeta debe mantenerse por debajo de 1,5°C.

Un grado y medio, ese fue el objetivo de la cumbre del clima celebrada en Glasgow en noviembre. Pero aparte de alcanzar un consenso entre todos los países y acordar reunirse de nuevo anualmente, no hubo ningún plan de acción a largo plazo ni compromisos concretos por parte de los participantes. No se decidió ninguna obligación. Con los actuales planes nacionales de todos los países juntos, nos dirigimos a un calentamiento catastrófico de 2,4°C.

El gran ganador de esta cumbre es el sector de los combustibles fósiles. A corto plazo los gigantes de la energía pueden continuar con sus actividades sin molestias e incluso expandirlas. Los grandes perdedores son los países del Sur. Son los menos responsables del calentamiento global, pero sufrirán la peor parte de sus consecuencias. Además, no disponen de los recursos necesarios para llevar a cabo la necesaria transición energética.

Los países del Norte no están dispuestos a asumir los costes de su histórica deuda climática. Sin una transferencia seria de fondos -varios múltiplos de lo que prometen ahora- nos dirigimos a un desastre climático.

Es muy urgente, no nos queda mucho tiempo. Para tener la posibilidad de limitar el calentamiento global a 1,5ºC, tenemos «ocho años para reducir casi a la mitad las emisiones de gases de efecto invernadero», según Inger Andersen, del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma): “ocho años para elaborar planes, adoptar políticas, aplicarlas y, en definitiva, reducir las emisiones. El tiempo corre».

La cumbre de Glasgow demostró que los jefes de gobierno son incapaces de cambiar el rumbo. Será necesario otro equilibrio de poder para obligar a los jefes de gobierno y a la élite económica a cambiar de rumbo. Un rumbo que no asegure los beneficios de los grandes grupos de capital, sino los del planeta. Un rumbo que no pase la factura a la gente común o a los países del Sur. Este es quizás el reto más importante al que nos enfrentamos hoy en día.

 

Traducido del neerlandés por Sven Magnus para Rebelión

Fuente: De Wereld Morgen