Enrique Dussel: “El intelectual debe ser un militante, debe tomar partido”

ALAI conversó en exclusiva con Enrique Dussel, uno de los principales intelectuales del Sur Global. Dialogamos sobre el momento geopolítico, la descolonización, el rol de los intelectuales, el nuevo evangelismo, las derechas de la región y los desafíos que enfrenta América Latina y el Caribe en este ciclo histórico.


 

Enrique Dussel es para los pueblos del Sur Global lo que Hegel fue para las burguesías europeas del siglo XIX. Como el filósofo de Stuttgart, el mendocino decidió volver a pensarlo todo, desarrollando un pensamiento sistemático y riguroso, pero sobre todo comprometido y radical. Su mirada atenta y voraz ha pasado por casi todos los campos: la filosofía, la historia, la teología, la ética, la política, la geopolítica, la antropología, la arqueología, la pedagogía, la estética y la erótica.

Pero comparar a Dussel con Hegel significa señalar todo lo que tiene de antagónico respecto al gran filósofo de la burguesía alemana y mundial: Dussel fundamenta la liberación allí donde se justificó la esclavitud, promueve la descolonización frente a la permanencia de la colonialidad, afirma la historicidad de América frente al encubrimiento occidental, pondera lo colectivo y lo comunitario frente al individualismo liberal, defiende la intrínseca dignidad humana frente al racismo, el patriarcado y el capital.

Enrique Dussel es uno de los principales animadores de la filosofía de la liberación, movimiento que fundó en 1971 junto a pensadores como Mario Casalla, Rodolfo Kusch, Horacio Cerruti Guldberg, Arturo Andrés Roig y otros. Su formación parte del marxismo y el cristianismo, anuda ética y política, y abreva en lo que ha dado en llamar el “giro descolonizador”, una crítica frontal al eurocentrismo y el occidentalismo formulada desde los países del Sur Global.

Dussel nació en la provincia de Mendoza, en Argentina, en el año 1934. Estudió filosofía en la Universidad de Cuyo, trabajó como carpintero en Nazaret, y se especializó en historia y teología en París. Ya de regreso a su país natal, y con el advenimiento de la dictadura cívico-militar de 1976, fue expulsado de la universidad, viendo censurada su labor intelectual. Finalmente, un atentado con bomba perpetrado en su domicilio por grupos paramilitares lo llevó a exiliarse en México, en donde desarrollaría la mayor parte de su obra. El conjunto de su vastísima obra, que supera los 50 volúmenes, se encuentra disponible en su propia página web, en acceso abierto para el estudio de investigadores, docentes y militantes populares.

Conocido por su cercanía con los movimientos sociales, Dussel no ha manifestado excusas ni reparos a la hora de destinar parte de su tiempo para oficiar de pedagogo y formador de militantes populares. En la actualidad se desempeña como uno de los organizadores de la Escuela Descolonial de Caracas y como secretario de formación política de MORENA, en México. Su defensa irrestricta de procesos como la Revolución Cubana, el proceso de cambio en Bolivia, y la Revolución Bolivariana de Venezuela, le han llevado a sostener amargas polémicas con otros teóricos descoloniales. A continuación, la entrevista que generosamente nos concedió.

 

Lautaro Rivara: En “Carta a los indignados”, un libro que tiene ya una década, usted se refirió a sí mismo como “un viejo militante”. ¿Qué significa para usted la militancia, ejercida desde el campo intelectual? ¿Cuáles son las principales tendencias y desafíos de nuestra época?

Enrique Dussel: Ser militante significa adversar la realidad que vivimos. La filosofía de la liberación que practico y contribuí a fundar nació hace muchos años, de parte de una generación que ya está terminando sus días: podríamos decir que lo hizo en el año 68, aunque la Revolución Cubana, importantísima, se dio una década atrás. Nosotros fuimos muy influidos por la lectura de Herbert Marcuse, de Paulo Freire, de Frantz Fanon, de las grandes figuras intelectuales y militantes de aquella época.

Hoy, después de más de 50 años, sigo militando desde la filosofía, desde las armas del pensamiento, sigo estudiando y pensando en los nuevos temas de América Latina. Pero siempre me apasiona volver a José Martí, a José Carlos Mariátegui, a todos los que pensaron en la necesidad de una segunda emancipación. Porque América Latina pudo emanciparse de España y Portugal, pero para ser sometida luego al neocolonialismo bajo la égida de Estados Unidos, que nos considera su patio trasero desde la Doctrina Monroe.

Todos los golpes de Estado impulsados por Estados Unidos, o por estados europeos, buscaron garantizar nuestra subordinación, nuestra explotación económica. Cualquier fuerza que se opusiera era declarada comunista, se impulsaba el golpe y se colocaban militares al frente del Estado. Fue el caso por ejemplo del golpe contra Jacobo Arbenz, en 1954, en Guatemala, que marca el comienzo de una fuerte presencia de Estados Unidos en América Latina.

En mis obras sobre filosofía política nunca dejo de traer a la memoria la historia y la realidad de los Estados Unidos. Suele ser considerado un país desarrollado, con una población democrática. Pero es un país de enormes contradicciones, racista, guiado por los ideales de Hollywood, la burguesía norteamericana, el FMI, etcétera.

Creo que por el surgimiento de la potencia industrial que es China, por el equilibrio militar establecido con Rusia, y por la falta de liderazgo en Estados Unidos –hoy en plena crisis–, estamos quizás ante la posibilidad de una segunda emancipación, lo que nos permitirá situarnos de igual a igual frente a los norteamericanos. De no ser así, estableceremos mejor relaciones con China, país que parte de una larga historia que ignoramos, que fue una potencia industrial mucho antes que Europa y Estados Unidos. La hegemonía norteamericana está llegando a su fin, y eso se ve con la Nueva Ruta de la Seda, que ya llega hasta Argentina. Además, Europa también se está quedando sin aire, tensionada entre Oriente y Occidente. Se trata de un tema muy actual, el de nuestra segunda emancipación.

Pareciera que la crisis de la OEA –un ministerio extranjero de colonias– llevará a su reemplazo por la CELAC, un instrumento que se potencia con la política exterior de Andrés Manuel López Obrador. Esto significa todo un paso adelante.

 

L.R: Usted se manifestó en reiteradas ocasiones sobre la falta de autoestima intelectual y el carácter burocrático de la academia en los países periféricos. Y también fue crítico de algunos intelectuales decoloniales que rompieron con los procesos más avanzados de la región. ¿Cual es la relación entre decolonialidad y anti-imperialismo?

E.D: La decolonialidad y el antiimperialismo deben ir de la mano: deben ser un solo movimiento. Debemos superar esta situación mental colonial en que vivimos: debemos superar el modelo de intelectual latinoamericano que siempre está citando autores norteamericanos y europeos, víctima de un tremendo colonialismo epistemológico. Debemos beber también de nuestras propias fuentes. Estamos, sin embargo, atravesando un proceso de descolonización epistemológico: tenemos nuevos problemas, y sobre todo problemas nuestros, que no son los de los europeos y norteamericanos. Si seguimos imitándolos, buscando al último autor de moda, entonces ya no vamos a poder pensar lo nuestro. Debemos leer a nuestros autores, conocer nuestras tradiciones políticas, intelectuales e históricas.

Hoy, un intelectual decolonial, un intelectual militante, debe tomar partido por todos estos procesos de mediano plazo, pensando en el largo plazo en la superación del capitalismo, en la construcción de una sociedad ecológica, en la superación del uso del petróleo y las energías no renovables. Estamos en una época de grandes cambios: la filosofía y el pensamiento crítico debe tomar nota de estas cosas. También de la pandemia, que evidenció el fracaso del neoliberalismo, que entregó la salud al capital privado. Esta realidad exige pensar con urgencia lo que está sucediendo y demanda un gran compromiso intelectual y político, de tipo militante. Debemos retomar todos nuestros grandes ideales y aplicarlos a fines realizables. Esta situación, insisto, nos da una ventana de oportunidad para avanzar en una segunda emancipación.

 

L.R: Le propongo ahora que hablemos de religión. Desde su formación teológica y marxista, ¿cómo caracteriza al crecimiento exponencial del evangelismo neopentecostal en la región? Usted supo decir que “el socialismo está debajo del cristianismo”. ¿Qué hay debajo del nuevo evangelismo?

E.D: La tradición católica dio dos frutos bien diferenciados: uno, obsesionado con los temas tradicionales, la propiedad privada, que aceptó el dominio del capital y a lo sumo le propone algunas reformas. Este abreva directamente en las corrientes de derecha. Pero hay otro fruto, en la teología de la liberación, y hoy en el mismo Papa, que expresa una posición mucho más progresista y popular.

Las iglesias neopentecostales, muchas de ellas de origen e influencia norteamericana, tienen una ideología mucho más coherente y adecuada con el capitalismo dependiente. Por desgracia, en muchos casos, como sucedió recientemente en Bolivia, algunos sectores apoyan fervientemente los golpes de Estado, volviéndose movimientos antipopulares y, teológicamente, anticristianos. Para ellos, la religiosidad popular latinoamericana es vista como una infiltración en el cristianismo que hay que negar. Ellos toman algunos textos de la Biblia, y le dan una lectura capitalista e individualista, como la presidenta de facto Jeanine Áñez, cuando entró a palacio con la biblia en la mano, despreciando la wiphala, la bandera quechua-aymara. Esta idea de luchar con el evangelio contra los símbolos indígenas es una aberración, propia de un cristianismo conservador, neoliberal y pronorteamericano.

 

L.R: Quisiera preguntarle ahora por las viejas y nuevas derechas en América Latina y el Caribe y por sus tesis de política. Muchos debates se han dado y se seguirán dando sobre el lugar de la democracia frente al asedio de minorías intensas cada vez más racistas, violentas, misóginas y antidemocráticas. ¿Qué democracia es la que hay que defender, y cuál la que hay que construir?

E.D: Hay que partir por oponer la democracia representativa y la participación democrática del pueblo, que son dos cosas distintas. La cuestión es crear instituciones donde el pueblo pueda participar constitucionalmente en el gobierno. En Venezuela, por ejemplo, hay un poder representativo, pero hay también un poder participativo, que se organiza desde las bases, en donde la gente tiene la posibilidad de reunirse en el barrio, en colectivos mayores, y plantear entonces exigencias al poder representativo.

Tenemos que imaginar un nuevo tipo de Estado, no la anulación de aquel como si fuera intrínsecamente perverso. Necesitamos un Estado fuerte para defendernos, por ejemplo, del imperialismo. Necesitamos un Estado robusto para servir obedencialmente a las exigencias del pueblo. Pero también hay que poner en cuestión al Estado que conocemos. Hacer que la gente pueda participar, que no sea sólo representativo, que no se reduzca a una cúpula burocrática que gobierna desde arriba hacia abajo. Hay que modificar las instituciones políticas desde la base para poner un límite a la representación. La participación no puede ser sólo eventual, a través de algún tipo de plebiscito o consulta: la participación debe ser orgánica, con la presencia constante del pueblo, con las instituciones construidas a tal efecto. Eso exige por supuesto un tipo radicalmente nuevo de Estado, de una revolución con la participación institucional del pueblo.

 

L.R: En debate con diferentes corrientes liberales, usted supo decir que, al menos en el Sur Global, siempre fuimos comunidad, nunca fuimos individuos. Considerando la mirada sobre el Estado que nos acaba de compartir ¿cuál es el rol de la comunidad? ¿Qué rol juega la comunidad en los procesos de descolonización política y ante los procesos de individualización tan intensos que venimos viviendo?

E.D: El régimen liberal pensó sólo en un tipo de organización representativa, en donde la élite, sobre todo dineraria, los más ricos, logran imponer sus candidatos. En teoría el pueblo vota, pero en realidad sólo confirma lo que la élite ya eligió. Así funciona en esencia el sistema plutocrático norteamericano. Lo revolucionario será organizar, institucionalmente, de abajo hacia arriba, la participación popular. Lo que necesitamos es fortalecer la comunidad: que en el barrio haya reuniones de base, procesos de democracia directa que vayan ascendiendo hacia la constitución de un poder nacional participativo. Hay que aprender para eso de la constitución venezolana, que reconoce cinco poderes: ejecutivo, legislativo, judicial, ciudadano y electoral, el que a su vez también es elegido. Todas las instituciones, desde las iglesias hasta los clubes de fútbol, deben ser democratizadas. Debemos crear un estado de cinco poderes para que haya una participación real del pueblo, hoy manipulado por liderazgos espurios, no democráticos. Esto es una cuestión central en la ideología, en la definición del Estado, y en la construcción de comunidad. Porque, en definitiva, eso somos: comunidad.

 

Fuente: ALAI