Comprender la Revolución Bolivariana : prefacio de Maurice Lemoine al libro de G. Colotti

Atención amigos lectores, esta obra pertenece a un género en vías de desaparición: ¡el periodismo! Y aún más cuando se trata de la República Bolivariana de Venezuela. Esta nación no tiene buena prensa (se trata en realidad de un eufemismo, convengamos). El tono generalmente utilizado para referirse a Hugo Chávez, el difunto Presidente o a Nicolás Maduro, el actual jefe de Estado, es en el mejor de los casos despreciativo, hostil casi siempre, acusador sistemáticamente.

 

Refritos de editorialistas burócratas, omnipresentes, especialistas en todo (pero a duras penas capaces de ir de expedición a los baños de un McDonald’s), llenos de lugares comunes e ideas falsas que oscurecen y deforman constantemente su acción. Generosamente remunerados por el orden neoliberal para difundir la buena nueva de la salvación por medio del mercado, la oligarquía mediática sólo ve lo que quiere ver y no se ha preocupado mucho por buscar la verdad a partir de los hechos.

Zambulléndose en el gran río de la realidad y nadando contra corriente, Geraldina Colotti procura escapar de prejuicios y comprender la lógica de una «revolución» donde se mezcla el nacionalismo popular, la teología de la liberación, corrientes leninistas, culturas populares e indígenas y que, desde finales de 1998, agita y transforma este país.

Por cierto, Geraldina Colotti asume el «tomar partido» y no esconde su simpatía hacia lo que en Venezuela se llama «el proceso» así como por sus actores y sus resultados. Algunos se lo criticarán. Bella hipocresía. El observador de “derecha” jamás se reconocerá como conservador y pretenderá ser sólo “periodista”, pero su manera de mirar la realidad y la percepción que tiene de ésta no cambiará aunque se oculte tras su “profesionalismo” y su pretendida “objetividad” al igual que el relato que hace. Y esto explica la guerra furibunda que se lleva, contra tal o cual actor político, por mínimo que sea el cuestionamiento de éste al modelo dominante, usando siempre una grilla de lectura tan esquemática que haría reír a carcajadas si no fuese por su contribución a la manipulación de la opinión.

Geraldina Colotti toma aire, estudia el terreno, hace preguntas, toma el pulso. Y entonces, de eso que ella observa en las calles residenciales bordeadas de palmeras y los ranchitos de Caracas, pueblos esparcidos al borde de los campos y valles andinos, va inconteniblemente a contracorriente…

Pero, ¿de qué se trata esto?

De Venezuela, por supuesto, donde la aparición de los “bolivarianos” tuvo lugar el 4 de febrero de 1992, en el momento en que Chávez, en ese entonces teniente coronel, desencadenó una infructuosa tentativa de golpe de Estado. A su favor, se dirá que, gobernada desde 1958 por dos muy clásicos partidos que se partían “la torta”, este país de empresas en quiebra y de empresarios prósperos estaba a la deriva, y aunque irrigada por la riqueza de su petróleo, tenía en ese momento al 60% de su población en la pobreza.

La imagen del oficial golpista todavía hoy encarna la piel del rebelde. Se recuerda menos la tragedia del “caracazo” que tuvo lugar el 27 de febrero de 1989, tres años antes del levantamiento liderado por Chávez. El presidente para ese momento, el socialdemócrata Carlos Andrés Pérez y el Fondo Monetario Internacional imponen al país un devastador ajuste estructural. Golpeado en el corazón y en el estómago, el pueblo de Caracas protagoniza un espontáneo levantamiento popular.

Como respuesta, la “democracia” responde con fuego dejando sobre las calles al menos tres mil muertos. Entonces, inspirándose efectivamente en el libertador Simón Bolívar y al frente de los militares que lo apoyan en la causa de los desheredados, Chávez decide pasar a la acción. Fracasará, pero su aparición en los canales de televisión, donde declara que “por ahora la toma del poder no ha podido ser, pero que vendrán nuevas ocasiones”, hace de este desconocido un verdadero héroe, transformándose en el vocero de los venezolanos que aspiran profundos cambios. De suerte que, después de un paso de dos años en prisión, seguido de una amnistía, el “comandante” fue elegido para presentarse como candidato en la elección presidencial del 6 de diciembre de 1998.

Desde la llegada de este rebelde al palacio de Miraflores, la oposición se transformó en una piedra de tranca. Y, más grave todavía que la convocatoria de una Asamblea Constituyente y la elaboración de una nueva Constitución Bolivariana, se desata una formidable dinamización de los movimientos sociales y de los ciudadanos pobres marginados hasta ese momento. En este contexto es que, en noviembre de 2001, el jefe de Estado anuncia una seria de reformas (ley de tierras, ley de pesca, ley de los hidrocarburos, etc…)

Así como rechaza un capitalismo salvaje, el aspira a un mundo multipolar por sobre la dominación solamente de Estados Unidos sobre todo el planeta. Chávez se niega a implicar a Venezuela en el Plan Colombia (destinado por Bogotá y Washington para acabar con las guerrillas de Colombia). Él saca a Cuba de su aislamiento, y se propone retomar el control de la compañía petrolera nacional PDVSA e impedir su privatización.

La oligarquía cae en un profundo trance. Culo y camisa con ésta, en un torbellino de robos de cuello blanco, Washington saca sus dólares para financiarla. Frente a tal situación, unos y otros no ven más que una clásica y sola respuesta (esto es América latina, no lo olvidemos): la organización de un golpe de Estado. Este se desarrolla entre el 11 y el 13 de abril de 2002 y es enfrentado por una fantástica movilización popular y la acción decidida de los militares leales.

Del mismo modo se aborta la desestabilización económica llevada a cabo entre diciembre de 2002 y enero de 2003. Pero es la “inquietante” alianza “cívico-militar” que ha llevado a esta victoria la que quedará estigmatizada. Un pueblo y sus militares, ¡esa es la idea! Instalados en el capitalismo, numerosos de nuestros “pensadores” occidentales hubiesen (sin osar decirlo demasiado) preferido que la fuerzas armadas se hubiesen unido con la burguesía, como en el Chile de 1973.

Horror en el “patio trasero” de Estado Unidos: ayudado por los precios de su petróleo, el termómetro de los índices económicos venezolanos suben sin cesar, así se pudo lograr la erradicación del analfabetismo y la incorporación de millones de personas en los programas sociales, a la vez la población más desfavorecida tuvo acceso a supermercados y comedores populares, la Misión Barrio Adentro permitió abrir cientos de centros médicos. “Populismo”, el término hace temblar a menudo, incluso en Europa, dentro de la nueva izquierda de moda, incapaz de comprender esta revolución al margen de todas las ortodoxias…

Un enlace directo y vertical con “el pueblo”, apoyado en el verbo y la popularidad del “caudillo” que, desde arriba, “complacerá”, “dará”, “distribuirá” favores a sus partidarios. De hecho, orador nato que utiliza el humor con habilidad, a Chávez no le importa apretar millones de manos, por eso para la gente común, él se convirtió en el “comandante”, el hombre en quien se deposita las lealtades más incondicionales. Pero nada de esto se toma en cuenta cuando se ve a Chávez como un demagogo distribuyendo sus dólares como otros multiplican los panes: en este cambio del equilibrio de las fuerzas sociales, todo el proyecto reposa, como se lo verá a lo largo de la lectura de este libro, sobre la organización popular, el involucramiento, el empoderamiento.

Fue el 30 de enero de 2005, frente al V Foro Social de Caracas, que Chávez se pronunció por un “socialismo de siglo XXI”, para inventar y construir paso a paso en su totalidad. Más pragmático que sus discursos “con alto contenido emocional”, nos dio la impresión que en unos años, él se había convertido en el dirigente más influyente de la región. Junto a sus homólogos, cómplices y amigos de centro-izquierda –Luiz Inácio « Lula » da Silva de Brasil, Néstor y después Cristina Kirchner en Argentina, Manuel Zelaya en Honduras, Fernando Lugo en Paraguay, «Pepe» Mujica en Uruguay– o radicales –Fidel Castro en Cuba, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, Daniel Ortega en Nicaragua–, Chávez cambió profundamente el panorama latinoamericano.

Acá donde reinaba Washington y sus funcionarios auxiliares de la Organización de Estados Americanos (OEA), surgiría en diciembre de 2004 la Alternativa (posteriormente Alianza) Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), basada en la complementariedad, la cooperación, la solidaridad y el respeto a las soberanías nacionales. Una integración concebida sobre las bases de un desarrollo endógeno siempre teniendo en cuenta las franjas de la población más desfavorecidas. Al año siguiente, surgió Petrocaribe, un acuerdo de cooperación energética que agrupa hoy día a dieciocho países del Caribe y de América Central, y que independientemente del color de sus gobernantes, Caracas se comprometió a mandar su petróleo a precios preferenciales y con importantes facilidades de pago.

Después la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur), el 23 de mayo de 2008, primer organismo regional que se emancipaba de la influencia de Washington (será Unasur quien intervendrá para impedir la desestabilización del presidente boliviano Evo Morales, en septiembre de 2008). Finalmente, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), se crea el 2 y 3 de diciembre de 2011 en Caracas, y agrupa al conjunto de los Estados del continente, exceptuando a Canadá y Estados Unidos.

La Celac no sólo espera implícitamente contrabalancear sino reemplazar en un tiempo a la OEA, tradicionalmente dominada por los “gringos”. Marcando la renovación de la solidaridad y la integración latinoamericanas, que se instala en todas estas regiones, el antiimperialismo de Chávez se yuxtapone al nacionalismo de Estado.

Esta evolución no puede gustarle a todo el mundo. Hay que recordar que el gran proyecto de Washington, desde 1994, era abrir una vasta zona de Libre Comercio de las Américas (ALCA), todo bajo su dominación económica y comercial, desde Alaska hasta Tierra del Fuego (menos Cuba). Once años después, en Mar del Plata, George Bush (hijo) que había sido su caballo de batalla, regresará con las manos vacías y el ALCA quedará definitivamente sepultado. Por tanto no es difícil entender cómo el odio se apoderó, como una niebla espesa, de la mente de los burócratas y hombres de negocios de Washington y sus compinches locales.

Es así que golpes de Estado, “pronunciamientos” y otras tentativas de desestabilización han fracasado en Venezuela (2002-2003), en Bolivia (2008), en Ecuador (2010), pero han tenido éxito en Haití (2004), en Honduras (2009) y en Paraguay (2012). Poseedora de las más grandes reservas mundiales de petróleo, Venezuela sigue siendo el principal objetivo. Pero ésta resiste, para mantener su promesa: pagar “la deuda social”.

Es a las entrañas de esta revolución inédita donde nos lleva Geraldina Colotti. Si bien ella insiste en los aspectos positivos, no minimiza ni niega las eventuales contradicciones y dificultades. Con ella, los soñadores y los “radicales” descubrirán que la realidad es mil veces más complicada que el sueño, la esperanza o la utopía, una revolución no se conduce con la rapidez y la suavidad de un mecanismo bien aceitado.

Geraldina Colotti lo observa de inmediato: “Es difícil, en trece años, de solventar el retraso de cuarenta años”. Acá, la práctica debe preceder a la teoría. Nada se ocultará, entonces, de los obstáculos burocráticos, principalmente a nivel de ministerios de algunas instituciones. Nada de la existencia de estos nuevos burgueses y burócratas que resisten cualquier cambio mientras mantienen un falso discurso. Nada de los opositores “de izquierda”, como la corriente Marea Socialista, que lleva adelante una batalla frontal contra los “boliburgueses”.

Pero, lo hemos dicho desde el principio, nuestra autora es periodista, en el sentido más estricto de la palabra. Acá donde las tentativas de explicación de numerosos de sus (nuestros) colegas no sobrepasan la vanidad intelectual, acá donde muchos se conforman con el “copia y pega” de las informaciones sin realmente saber de dónde provienen, acá donde, en una situación compleja, ellos aplican una grilla simplista de lectura, Geraldina Colotti se pasea por las cooperativas auto gestionadas y auto organizadas, discute con los profesores, los médicos cubanos, los obreros, interroga sobre el rol de las mujeres (primeras beneficiarias de las políticas llevadas a cabo por este gobierno); se instala en las locaciones de las radios comunitarias que dan vida al cambio; disecciona las leyes de iniciativa popular; se interesa por la producción agrícola (en crecimiento, contrariamente a eso que pretenden los ignorantes); detalla la pluralidad y la multiplicación de los proyectos alternativos; busca con sus interlocutores el punto de equilibrio “entre eso que puede ser el socialismo y esto que es verdaderamente realizable”. Y se preocupa –“¿Durante cuánto tiempo podremos avanzar de manera pacífica”?- con Jimmy Arrieta, integrante de la Asociación Nacional de Redes y Organizaciones Sociales…

Durante todo este período Chávez cumplió un esfuerzo intelectual y físico que hubiese destruido a un hombre menos robusto. Puede ser que él lo ha pagado con su vida. Después de una última victoria electoral indiscutible, el 7 de octubre de 2012, con el 55,07% de los votos, su desaparición, el 5 de marzo de 2013 dejó un vacío inmenso. Desde la histeria elogiosa hasta la calumnia más vil, pasando sobretodo y esencialmente, por las manifestaciones innumerables de admiración, de reconocimiento y de nostalgia, él está presente en el menor intersticio de la vida política y social de Venezuela.

Sus quince años al frente del Estado marcó al pueblo. La oposición conservadora no lo comprende. Cuando Nicolás Maduro, su fiel ex ministro de Relaciones Exteriores, luego vicepresidente, se sometió al sufragio de sus conciudadanos, la oposición dudó de su capacidad para asumir la sucesión pero se equivocó y perdió la elección presidencial del 14 de abril de 2013.

Como ya lo había hecho, sin éxito, con Chávez, lo que no pudo obtener en las urnas, democráticamente, lo intentó arrebatar desde la desestabilización. En febrero de 2014, la oposición intentó de llevar el país a sangre y fuego, dejando cuarenta y tres muertos y más de seiscientos heridos –atribuidos por los medios nacionales e internacional de la “Libre Democracia de Mercado” a la “violenta represión gubernamental”, aunque la mayoría de las víctimas (de las cuales ocho fueron policías y un guardia nacional muertos a balazos) no pertenecían a sus manifestantes.

Menos ingenuo o manipulados, porque fue formada en buena escuela: de Augusto Pinochet, la presidente de ese país, Michelle Bachelet, no hubiese podido ser más clara, el 7 de marzo de 2014: “No apoyaremos nunca un movimiento que rechace el resultado de elecciones y busque sacar por la violencia un gobierno electo libre y democráticamente”.

Desde ese momento, bajo diversas formas, busca minar la autoridad presidencial, generar un contexto de caos económico y elaborar –por desgracia con cierto éxito- una representación de la realidad destinada a ganarse la “opinión internacional”. De esta forma la derecha radical continúa acentuando su ofensiva. Poco comprensible para quien no sigue la situación desde antes y no conoce las complicaciones, los problemas reales, más o menos bien gestionados por el gobierno, son amplificados, multiplicados, llevados al extremo para un coctel explosivo que mezcla la escasez (como en el Chile de los años de 1970), el legítimo arresto y juicio de dirigentes incendiarios –Leopoldo López, Antonio Ledezma– transformados en “víctimas” de un régimen represivo, contrabando organizado con el fin de arruinar el país, ataque a la moneda, penetración paramilitar proveniente de Colombia, conflicto fronterizo atizado por los dirigentes de Bogotá. En fin, rescatando del olvido la célebre afirmación de Noam Chomsky: “Los medios son a la democracia lo que la propaganda es a la dictadura”.

Nos permitimos recomendar dos antídotos para neutralizar ese veneno de la desinformación y, reemplazando la situación en su contexto exacto, hacer el enlace entre Chávez y Maduro. El primero es la declaración hecha por el presidente ecuatoriano Rafael Correa en el funeral del “comandante”: “El hecho de que un visionario así como solidario pueda ser transformado en criminal, da una idea de la dictadura mediática de Occidente. Nosotros debemos continuar luchando por esta América Latina en plena liberación. La historia dará su verdadero lugar, su verdadera dimensión a Hugo Chávez”. Y el segundo antídoto, esta obra de Geraldina Colotti que, sin complacencia ni perjuicios, levanta una punta del velo sobre la naturaleza exacta de esta revolución y sobre esos en quienes se apoya.

 

Fuente  : Prefacio del libro «Lo Vi, no me lo Contaron. La Revolución Bolivariana en su Laberinto», de Geraldina Colotti. Existe una version en francés : «Des taupes à Caracas» (2017)