Cien años de un régimen de cuotas… ¡¡Ya basta!!

Ya no sabemos por dónde empezar a enumerar los desastres y tragedias resultantes del régimen de “cuotas confesionales” establecido desde hace cien años en nuestro país. Un régimen que se asemeja a la hidra multicéfala de los cuentos de nuestra infancia, a los que solían recurrir nuestros padres para evitar que nos portáramos mal y, sobre todo, para poner fin a las demandas que no estaban dispuestos a satisfacer…


 

Sin embargo, debo aclarar antes de continuar que no estoy trazando ningún paralelismo entre los padres y los representantes del régimen libanés, porque el papel que nuestros padres desempeñaron en nuestra educación –aunque a veces utilizando métodos poco pedagógicos– es todo lo contrario al de los corruptos y criminales que nos gobiernan y que han utilizado todas las abominaciones posibles e imaginables para hacernos la vida difícil.

Algunos dirán que no es la primera vez que alzamos la voz y que, durante estos cien años, nuestras voces se han casi extinguido de tanto gritar. Sin embargo, a pesar de ellos, nuestras voces siguen siendo tan claras y nuestras exigencias tan poderosas como siempre, lo que quiere decir que seguiremos manifestándonos hasta que todos los tiranos y los corruptos sean llevados ante la justicia por los crímenes cometidos contra el pueblo.

Juzguen ustedes mismos.

Hoy, la mayoría de los libaneses ya no logran llegar a fin de mes, después de que robaron nuestro dinero ahorrado para facilitar nuestra vejez y abrieron nuestras fronteras al Covid-19, para poner fin a nuestro movimiento de protesta, pero especialmente después de la explosión mortal que desgarró Beirut y a cientos de nuestros hijos, dejando a cientos de miles sin ningún refugio y destruyendo todo a su paso. El poder ejecutivo libanés (incluido el gobierno saliente) considera que la prioridad actual es acudir a la sociedad financiera internacional Lazard, y en seguida, a la consultora Alvarez & Marsal, para discutir con los expertos de estas dos empresas cómo, y sobre todo dónde debemos ceder a las exigencias de las potencias capitalistas representadas, como debe ser, por el FMI, para que estas potencias nos adelanten unos cuantos miles de millones de dólares a cambio de las riquezas nacionales que están en la mira, incluyendo el petróleo y el gas, a pesar de que los bancos de estos países están desbordados por varios cientos de miles de millones de fondos públicos libaneses escondidos en sus bóvedas y al alcance de sus manos.

Y es así que, en lugar de preparar un plan de reconstrucción de la capital destruida y reestructurar la economía en grave crisis, hemos vuelto al torbellino de reuniones entre el Ministerio de Finanzas, el Banco Central y la Asociación de Bancos Privados, con sus asesores libaneses e internacionales, para ver cómo se llevará a cabo el recorte exigido (contra los pequeños y medianos ahorristas, por supuesto, ya que las grandes fortunas están ahora en América del Norte y Europa Occidental). Todo esto mientras el gobernador del Banco Central, Riad Salameh, habla de la imposibilidad del Estado de seguir subsidiando los productos de primera necesidad –harina y gasolina–, y cuando los diversos medios de comunicación nos ofrecen declaraciones señalando que el precio de los medicamentos aumentará de nuevo. En otras palabras, los emires de las confesiones en el poder en el Líbano, están siguiendo el camino que lleva a la muerte de una parte del pueblo libanés, mientras que el resto será minado por la enfermedad y la hambruna. ¿Gracias a quién?

Al mismo tiempo, y puesto que los magnates del régimen político y económico libanés han decidido preservar por todos los medios posibles e imaginables su dominio sobre el país, son ellos los que hoy acaparan la mayor parte de la ayuda material y financiera que nos llega, tanto de los emigrantes libaneses, como de los pueblos y algunos gobiernos árabes e internacionales, a través de algunas ONG que habían creado previamente para hacer frente a tales circunstancias. Por otra parte, no hicieron nada para enfrentar las consecuencias de la explosión o sacar a la luz a los responsables de este crimen, aunque habían “prometido” que lo harían en menos de cinco días. Pero las promesas se olvidaron, y a esos cinco días siguieron otros cinco días y luego cinco más, en espera de la decisión del Tribunal Internacional de La Haya sobre el asesinato del ex Primer Ministro Rafik Hariri y luego de la decisión de las conversaciones entre los grupos políticos y las reuniones celebradas en la casa del Presidente del Parlamento en Ain Tineh, con el fin de encontrar factores comunes para decidir la forma del nuevo gobierno que sustituiría al del Sr. Hassan Diab. Todo esto acompañado por el ruido de los tambores de la discordia que, instigados por los “hombres de Dios”, resuenan desde la institucionalidad confesional, junto a rumores de que la guerra civil podría estallar en cualquier momento.

Y para no extendernos demasiado en lo que “se dice”, que va desde la conspiración universal de los Estados Unidos, llamada “el proyecto del nuevo Oriente Medio”, hasta otros proyectos económicos y políticos planificados por las tres grandes potencias regionales, a saber, Turquía, la entidad israelí e Irán, resumimos la situación del pueblo libanés en estas pocas palabras: el pueblo libanés, o mejor dicho, los que quedan, no pueden permanecer de brazos cruzados ante la destrucción planeada por los representantes de la clase política, en el poder durante al menos treinta años en el caso de unos, y una centena de años en el caso de otros. Además, los intentos y maniobras de los gobiernos internacionales y regionales por defender la “originalidad” del poder libanés, basados en la distribución de este poder entre las diversas minorías confesionales, están desde ahora condenados al fracaso, en el contexto de la codicia suscitada por el descubrimiento de yacimientos petroleros y gasíferos en aguas territoriales libanesas pero además, en un contexto más amplio, el de una nueva redistribución de la riqueza del mundo árabe en sus partes oriental y occidental, que va desde Palestina ocupada y el Líbano, hasta Argelia y Libia, pero también hasta Siria, Irak y el Golfo Arábigo.

¿Cómo resolver todos estos problemas? Retomando la iniciativa de reagrupar las fuerzas democráticas no confesionales para preparar la resistencia a la ofensiva o, mejor dicho, a las diversas ofensivas que se gestan tanto desde el interior como desde el exterior. Porque lo importante hoy en día es, una vez más, como en 1958 o incluso en 1975 y 1982, la salvaguarda de la patria, que es más importante que todas las formas de poder. Y porque es el pueblo el que está en la base de la formación de la patria y a quien incumbe su defensa y desarrollo.

Esta es la lección que hemos aprendido en el libro de las luchas de los que nos han precedido, pero sobre todo de las lecciones de la Historia que hemos vivido no hace mucho tiempo.

 

Fuente: Investig’Action

Traducido del francés por América Rodríguez