Castigo colectivo, macartismo y preparación de la opinión pública para el sacrificio

El horror, la emoción que despierta y la instrumentalización del mismo. Estas tres dimensiones de los acontecimientos actuales se confunden fácil y constantemente en el tsunami ideológico que ha arrastrado a nuestros medios de comunicación hasta el punto de la náusea. 


 

Comunicadores, pseudo-expertos, columnistas y políticos se sucedieron en el escenario para llamarnos de manera convergente a renunciar a la reflexión sobre las causas, a amenazar a quienes se negaran a hacerlo, a legitimar las medidas liberticidas tomadas por el gobierno, a imponer una lógica de guerra desde el interior. El luto compartido, la emoción colectiva y su significado, la necesidad de saber y entender, etc., han sido sacrificados en el altar de la asquerosa instrumentalización por un gobierno que trata de frustrar una enorme crisis de legitimidad.

Las consecuencias previsibles no se hicieron esperar: nuevas medidas legislativas que atentan contra la libertad, el anuncio de las intenciones de prohibir asociaciones como el CCIF [Colectivo contra la Islamofobia en Francia] o [la ONG] Baraka City, propagación del miedo entre los musulmanes o supuestos musulmanes, exaltación de la islamofobia, tibieza de todos aquellos que temen ser acusados de ser “islamo-izquierdistas”. Es urgente recuperar la iniciativa. En efecto, es en tales procesos de aceleración de la historia y de imposición del miedo que se dan las condiciones para la posibilidad de consentir lo peor.

 

“Entre el anuncio del confinamiento y la conmoción suscitada por los atentados de Conflans y Niza, Emmanuel Macron se beneficia de un ‘efecto bandera’ y un estrechamiento de la comunidad nacional en torno a la figura del jefe de Estado.” 

Frédéric Dabi, director general adjunto de IFOP (Instituto Francés de Opinión Pública). [i] 

 

Un mundo asqueroso engendra actos asquerosos

 

En el momento de los ataques [contra Charlie Hebdo] de 2015, estábamos escribiendo un artículo con el título: “Un mundo asqueroso engendra actos asquerosos: No renunciar a pensar frente al horror.” [ii] Rechazar, impedir o hacer imposible la reflexión sobre las causas, es un procedimiento clásico de gestión de crisis de las clases dirigentes. Estas crisis son siempre un momento de verdad en el que se debilitan los velos ideológicos que normalmente consiguen ocultar las verdaderas causas de los hechos sociales. Cinco años después, el fanatismo religioso sigue matando atrozmente y la necesidad de enmascarar las verdaderas causas es aún más apremiante para las clases dominantes debido a una crisis de legitimidad que ha aumentado considerablemente desde las tragedias de 2015. 

La ira social está alcanzando nuevas alturas aunque no haya encontrado aún los medios para una expresión convergente. Mientras tanto, el movimiento contra la reforma de las pensiones, el movimiento de los Chalecos Amarillos y el movimiento contra la violencia policial por un lado, y la gestión desastrosa de la pandemia por otro, han abierto muchos ojos sobre la naturaleza de las políticas dominantes y sus consecuencias: pauperización y precarización masiva en un extremo y enriquecimiento masivo en el otro, degradación generalizada que afecta a una gran parte de las “clases medias”, guerras repetidas por recursos energéticos y minerales estratégicos, destrucción de los servicios públicos y en particular del sistema de salud, violencia policial contra los movimientos sociales, etc.

Es en este contexto que debemos, en mi opinión, aprehender la prohibición de pensar en las causas del fanatismo religioso asesino que se intenta imponer. Porque, una de dos: o bien este se origina en grupos organizados o bien en actos individuales. En el primer caso, el cuestionamiento del origen de estos grupos y las razones de su persistencia es inevitable. En el segundo caso, la cuestión de los procesos sociales que hacen posible tales actos asesinos individuales es igualmente importante. En ambos casos, la responsabilidad de los políticos dominantes está comprometida. De tal manera, es más fácil comprender la negativa y la prohibición de reflexionar sobre las causas que tratan de imponernos.

 

a) La hipótesis organizativa

 

La existencia de grupos y organizaciones que abogan por la imposición del fanatismo religioso por la fuerza es el único punto de verdad que puede reconocerse en los discursos dominantes sobre el “terrorismo”, el “yihadismo”, el “takfirismo”, etc. Pero aún debemos preguntarnos por qué aparecieron y por qué han durado tanto tiempo. La realidad que surge (y que ahora está ampliamente documentada) si nos hacemos esta pregunta, es la de la instrumentalización geopolítica de estos grupos por parte de las grandes potencias imperialistas que dominan el mundo. De hecho, es con la guerra de Afganistán que tal organización surge por primera vez de manera sostenible. 

El contexto mundial es el de la Guerra Fría, con Estados Unidos todavía aturdido por la victoria del pueblo vietnamita, la independencia de Angola y Mozambique arrebatada al colonialismo portugués por la lucha popular a pesar del apoyo de la OTAN, y el éxito de la Revolución Sandinista en Nicaragua. Bajo el liderazgo de Zbigniew Brzeziński, asesor de seguridad nacional de Jimmy Carter, se llevó a cabo una estrategia para debilitar al enemigo soviético, apoyando y armando a los fanáticos religiosos en la conocida lógica: “los enemigos de mis enemigos son mis amigos”. La Operación Ciclón estaba preparada para empujar a la URSS a intervenir en Afganistán. 

En una entrevista con Le Nouvel Observateur, Brzeziński explica esta estrategia de la siguiente manera: “Según la versión oficial de la historia, la ayuda de la CIA a los muyahidines comenzó en los años 80, es decir, después de que el ejército soviético invadiera Afganistán el 24 de diciembre de 1979. Pero la realidad que se mantiene en secreto es muy diferente: fue el 3 de julio de 1979, cuando el Presidente Carter firmó la primera directiva sobre la asistencia clandestina a los opositores del régimen pro soviético en Kabul.” [iii] Cuando se le pregunta por los resultados de esta operación, el autor del libro con el significativo título The Grand Chessboard [El Gran Tablero Mundial] asume plenamente esta elección a pesar de las consecuencias previsibles que tuvo:

“¿Arrepentirme de qué? Esta operación encubierta fue una gran idea. Tuvo el efecto de atraer a los rusos a la trampa afgana, y quieren que me arrepienta. El día que los soviéticos cruzaron oficialmente la frontera, escribí al Presidente Carter, básicamente diciendo: ‘Ahora tenemos la oportunidad de darle a la URSS su guerra de Vietnam’. De hecho, Moscú tuvo que librar una guerra durante casi una década, que fue insoportable para el régimen, un conflicto que condujo a la desmoralización y eventual desintegración del imperio soviético. ¿Qué es más importante en la historia del mundo? ¿Los talibanes o la caída del imperio soviético? ¿Algunos islamistas entusiasmados o la liberación de Europa Central y el fin de la Guerra Fría?” [iv]

El éxito de la operación superó todas las expectativas. Aunque al principio sólo era cuestión de desestabilizar a la URSS, ésta no sobrevivió a aquella guerra. La instrumentalización del fanatismo religioso con fines de política exterior se ha convertido en una herramienta privilegiada para el avance de los “peones” en el “gran tablero de ajedrez” del mundo. Así, se puede encontrar desde Iraq hasta Libia, desde Chechenia hasta Nagorno-Karabaj, desde Argelia hasta Malí, etc. No se trata de reducir estos diversos conflictos a una mera injerencia extranjera mediante la instrumentalización de grupos fanáticos, sino de subrayar que es, sin duda, una de las modalidades de la lucha por el control de las fuentes de materias primas estratégicas y de energía, de las rutas geoestratégicas, y para el debilitamiento de los competidores.

A estas injerencias “directas”, se suman otras injerencias “indirectas” que constituyen el caldo de cultivo en el que prospera el fanatismo religioso. Las políticas económicas ultraliberales que el término “globalización” oculta, sólo pueden traducirse en un debilitamiento del Estado en la gran mayoría de los países del llamado “Tercer Mundo” que se someten a las terapias de choque del FMI y el Banco Mundial, eufemísticamente llamadas Planes de Ajuste Estructural (PAE). Las privatizaciones impuestas, las políticas de austeridad exigidas, la destrucción de los servicios públicos condicionada al acceso a los préstamos y ayudas, etc., son en efecto el contenido de estos famosos PAE. 

La bipolaridad entre las “áreas útiles” y las “áreas inútiles” se está afianzando en muchos países, con la ausencia de un Estado y el empobrecimiento masivo de este último. La globalización capitalista es el caldo de cultivo del fanatismo religioso y su instrumentalización con fines estratégicos, una de las dimensiones importantes de la competencia exacerbada que ha provocado. Una pseudo-lucha contra el fanatismo religioso que oculta este caldo de cultivo y esta injerencia, es simplemente una cuestión de cinismo estatal cuya única eficacia es servir de pretexto para otros objetivos: enmascarar una crisis, desviar la ira, legitimar medidas que de otro modo habrían sido rechazadas, etc.

 

b) Oferta y demanda de fanatismo religioso

 

“La aparición de islamistas radicales que actúan solos, sin orden y sin el más mínimo apoyo, es una preocupación creciente para las autoridades”, explica el periódico Le Monde el 12 de julio de 2016. El discurso político y mediático sobre la famosa “radicalización” se centra casi exclusivamente en la oferta del fanatismo religioso. Por supuesto que esta oferta existe y debe ser combatida, pero esta oferta sólo puede ser traducida en una acción violenta porque satisface una demanda. Por lo tanto, hay que cuestionar las posibles causas de esta “demanda”. Estas son diversas, y cualquier reduccionismo en esta área conduce a abusos, social y políticamente peligrosos. 

Por lo tanto, es erróneo y peligroso reducir las transiciones individuales a actos violentos, a una simple consecuencia de la enfermedad mental. Este reduccionismo combina, por un lado, actos pensados, preparados y organizados y, por otro lado, los efectos de la fragilidad mental o la descompensación. Se corre el riesgo de estigmatizar a grupos sociales enteros: enfermos mentales, esquizofrénicos, personas que viven en barrios de clase trabajadora, etc. Conduce a políticas de identificación temprana con efectos duraderos de estigmatización. ¿Es necesario acaso recordar que la fragilidad mental no es exclusiva de las clases trabajadoras o de las poblaciones heredadas de la inmigración? ¿Es necesario también subrayar que la “peligrosidad” de los “enfermos mentales” no es mayor que la de la población en general?

La naturaleza horrorosa de un acto, incluso cuando se ha pronunciado el famoso “Allahu akbar”, no es suficiente para legitimar su caracterización como “terrorismo”. Todos sabemos que la descompensación psíquica se materializa por un proceso de “pérdida de la realidad”. “La psicosis” como ya subrayó Freud, “es el hecho de que un sujeto se escapa de las limitaciones contextuales inaceptables o imposibles de integrar creando una nueva realidad que sólo él puede percibir y que lo protege mientras lo encierra.” El psiquiatra Olivier Guillin lo confirma recordando que “mezclar patología y radicalización es a menudo un error científico. La religión sólo sirve para alimentar los delirios de estos pacientes esquizofrénicos.” [vii] Su colega, Pierre-François Godet también confirma:

“Cada vez más, el yihadismo forma parte del entorno informativo de nuestro mundo. Así, cada vez más psicóticos deliran y van a delirar sobre el yihadismo, ya sea en un modo persecutorio (“los yihadistas amenazan mi vida”) o en un modo megalómano (“soy fuerte, porque Alá es el más fuerte y está conmigo”). En el segundo caso, uno podría encontrarse confrontado con un psicótico delirante que pasa a la acción gritando “¡Allahu akbar!” Pero lo que guía el gesto de este paciente no es la radicalización yihadista, sino la radicalidad de su enfermedad en ese momento de su evolución: no necesita estar radicalizado ideológicamente por nadie ni por nada para pasar o no a la acción.” [viii]

Asimismo, muchos trabajos han puesto de relieve las formas y contenidos más recurrentes de las “bocanadas delirantes”: el peligro extraterrestre y más ampliamente lo sobrenatural, el misticismo, el discurso religioso, el apocalipsis, etc. Esto muestra la insensatez de lo que se ha convertido en un reflejo periodístico y político que consiste, ante un drama, en precipitarse en busca de la información que se considera central: ¿Gritó o no gritó «Allahu Akbar»? La búsqueda de audiencia a través del miedo y la conmoción, amalgama (a sabiendas para algunos, por estupidez para otros, pero con los mismos efectos en la opinión pública) dos realidades diferentes (un acto político impulsado por una ideología y los efectos de una patología).

Los efectos de tal amalgama no son insignificantes. Dos de ellos son dignos de destacar porque terminan, en un determinado nivel de desarrollo, apoyándose mutuamente. En cierto modo, después de cierto tiempo y cierta intensidad de recurrencia mediática y política, entran en una lógica de “círculo vicioso”. El primer efecto es la construcción del Islam y los musulmanes como un peligro, una amenaza y portadores de violencia por naturaleza o esencia. Este es el terreno abonado para la exageración en la que la extrema derecha y algunos cronistas afirman la existencia de una pseudo especificidad del Islam en relación con la violencia.

La segunda es la tendencia a una mayor focalización de las obsesiones de los enfermos mentales en la religión. “Desde 2014, los psiquiatras han observado que sus pacientes invocan cada vez más el Islam para justificar sus acciones” [ix] recuerda el artículo citado. En otras palabras, mientras estamos en presencia de hechos que no tienen nada que ver con el Islam, en los cuales el Islam es sólo un pretexto para la expresión de un desorden de otra naturaleza (no estamos en presencia de una expresión del Islam, sino de un modo específico de consumo del Islam), el discurso político y mediático dominante contribuye a darle una apariencia “religiosa”. 

Esto no es nada nuevo. Las psicosis individuales se están adaptando de alguna manera a la psicosis colectiva causada por el discurso político y mediático dominante. Durante el regreso de las cenizas de Napoleón en 1840, la historiadora Laure Murat nos recuerda que muchos enfermos mentales se identificaron con este personaje, en su estudio sobre la influencia de los acontecimientos históricos y los trastornos mentales. [x]

El discurso político y mediático dominante y las “islamalgamas” que transmite contribuyen a enmascarar otra realidad: la de la creciente fragilidad mental de una parte cada vez más importante de nuestra sociedad, la disminución de la capacidad protectora de las estructuras sociales familiares y comunitarias, el aumento del consumo de drogas psicotrópicas, etc. La destrucción de la capacidad de protección local debido a las políticas económicas dominantes y sus efectos de empobrecimiento y precarización se multiplica además por el empobrecimiento masivo de la psiquiatría y la psiquiatría infantil a causa de las mismas políticas liberales. Así, una población necesitada de cuidados y seguimiento es sacrificada en el altar de los ahorros presupuestarios. 

El libro de Mathieu Bellahsen y Rachel Knaebel, La révolte de la psychiatrie [La Revuelta de la Psiquiatría], lo demuestra. Citamos algunos títulos de capítulos o subcapítulos elocuentes: Nueva gestión y medición del “rendimiento”; Una política de delegación al sector privado promovida por el Estado; A diferencia del sector público, el sector privado elige a sus pacientes; Ante el aumento de la demanda de atención, disminución de la capacidad de recepción y aumento de las prácticas de seguridad; etc. [xi] La destrucción de las capacidades de protección familiar y social por un lado y la destrucción de las capacidades de respuesta institucional por el otro, son dos causas que se ven ensombrecidas por el discurso dominante.

 

Funciones de la instrumentalización ideológica de la opinión pública

 

El contexto ya era el descrito antes del horrible asesinato de Samuel Paty. Por lo tanto, es necesario completar el análisis de lo que es específico de la instrumentalización de la opinión pública, es decir, estudiar la función de la opinión pública. Sin ser exhaustivos, tres dimensiones interactivas emergen, en nuestra opinión, de la repentina aceleración de la ofensiva ideológica que hemos estado presenciando desde esta tragedia y la que la siguió en Niza. 

La primera es la de preparar a la opinión pública para sacrificios sociales a gran escala, en relación con los efectos económicos de la pandemia. La segunda, es la legitimación de una lógica de “castigo colectivo” para los grupos sociales susceptibles de rebelarse ante este nuevo deterioro de sus condiciones de vida. La tercera es el intento de instalar una política de intimidación contra cualquier discurso crítico dentro de una lógica macartista.

 

a) ¿Quién pagará la cuenta del cataclismo social que se avecina?

 

Ya hemos señalado en un texto anterior [xii] que lo que se puso de relieve a raíz de la pandemia fue la incapacidad de un sistema social específico para hacerle frente, como resultado de la destrucción organizada del sistema de atención de la salud a causa de las políticas neoliberales de los últimos cuatro decenios. También hemos propuesto un análisis de las condiciones de confinamiento y desconfinamiento que se centran principalmente en el temor a los efectos sobre los beneficios de las empresas, en particular de las multinacionales. [xiii] En estas dos cuestiones, la lógica de la rápida recuperación de los beneficios estaba en contradicción con las necesidades de la lucha contra la pandemia. 

Por último, para tener una visión global de la situación, es necesario introducir en el análisis el alcance de los daños económicos causados por la pandemia, cuya fecha de término es todavía imprevisible. La última nota del INSEE [Instituto Nacional de Estadística y Estudios Económicos] sobre la situación económica, de fecha 6 de octubre de 2020, presenta la situación de la siguiente manera: “En total, en el año 2020, el PIB se contraería en un 9%. […] El consumo de los hogares, principal componente de la demanda, disminuiría un 7% a lo largo del año. La inversión empresarial (previsión del -10% para el año) y las exportaciones (-18%) disminuirían aún más.” [xiv] Los economistas Laurent Ferrara y Capucine Nobletz, resumen la situación de la siguiente manera en junio de 2020, es decir, antes del actual confinamiento:

“La pandemia vinculada a la propagación del coronavirus ha dado lugar a una recesión económica mundial de una magnitud raramente vista en la historia económica, comparable a este respecto a un fenómeno conocido como ‘desastre’, según la definición del economista Robert J. Barro. La naturaleza de las perturbaciones que afectan a las economías, una mezcla de perturbaciones negativas de la oferta y la demanda asociadas a un aumento drástico de la incertidumbre, así como su magnitud, afectan gravemente a la actividad económica. Por su parte, los mercados financieros han experimentado diversos acontecimientos. Los mercados de valores cayeron primero en picado y luego se reequilibraron rápidamente, sobre todo como resultado de la intervención masiva de los bancos centrales.” [xv]

Para financiar esta considerable recesión, el Estado dispone tradicionalmente de tres herramientas. La primera es reducir el gasto público. Este camino es imposible en el contexto actual de la opinión pública, a menos que afecte los gastos militares o policiales, lo cual es impensable para un imperialismo comprometido en muchas guerras y que apuesta más que nunca a su policía para frustrar la ira social. La segunda herramienta es el aumento de los impuestos, que sólo se aceptaría hoy en día si afectara a los ricos, solución que Macron rechaza totalmente, como demuestra, por ejemplo, la negativa a restablecer el impuesto sobre el patrimonio, a pesar de la situación. 

Por consiguiente, sólo queda una herramienta, la de contraer préstamos, es decir, aumentar la deuda pública. Según las previsiones oficiales, se espera que el déficit sea del 117% del PIB en 2020 y del 116% en 2021 (en comparación con el 95% en 2019); estas estimaciones de finales de septiembre no incluyen los gastos relacionados con el toque de queda y el nuevo confinamiento. “El gobierno ha emitido más de 200.000 millones de euros de bonos en los mercados, que se suman a su ya elevado stock de deuda”, resume el periodista de la revista de negocios Challenges. [xvi]

La pregunta que se plantea, en última instancia, es la pregunta del pase de factura. ¿Se pasará a los que se han enriquecido considerablemente durante las últimas cuatro décadas de neoliberalismo o, por el contrario, se pasará una vez más a las clases trabajadoras y medias? Hacer la pregunta es responderla. El hecho de que las condiciones actuales de legitimidad no permitan plantear explícitamente esta pregunta, significa simplemente que la clase dominante debe ponerse a crear una nueva legitimidad, es decir, a fabricar el consenso para el cataclismo social que se avecina. 

Lejos de los excesos verbales coyunturales de un [Ministro del Interior] Darmanin, de los efectos sinceros de la emoción de un Macron, o de los excesos de unos pocos cronistas, el recalentamiento islamófobo y macartista actual corresponde a una función ideológica: fabricar a través del miedo el consentimiento a una regresión social sin precedentes. Como señalaron los manifestantes argentinos el pasado mes de junio: “Si pagamos la deuda, no podemos comer”.

 

b) Anticiparse a posibles revueltas sociales

 

La fabricación de ese consentimiento no es evidente en un país que ha experimentado un verdadero auge de las luchas sociales en los últimos años. Desde los Chalecos Amarillos, pasando por el movimiento contra la violencia policial, hasta la lucha contra la reforma de las pensiones, estábamos, antes de la pandemia, en una secuencia de búsqueda de convergencia de luchas, aunque los caminos de esta estaban aún lejos de encontrarse. Si bien la convergencia no estaba a la vista, los silenciosos habían empezado a hablar y a hablar entre ellos y los invisibles comenzaban a ser vistos.

En este terreno fértil, la pandemia y su nefasta gestión hicieron visibles para muchos los enormes agujeros y las desastrosas consecuencias sociales de un sistema económico basado únicamente en la ganancia. La reaparición del hambre en muchos barrios de la clase obrera, que da lugar a enormes colas frente a la distribución de alimentos por parte de las asociaciones humanitarias, ha reforzado la creciente ira social. La crisis de legitimidad de Macron crecía y las condiciones para una crisis de régimen se reunían. La elección de un manejo autoritario del confinamiento no fue una idiotez o un signo de incompetencia, sino que estuvo guiada por el temor a una revuelta social masiva. Poner ciertos territorios bajo vigilancia fue una anticipación de las posibilidades de la clase dirigente.

La instrumentalización de la conmoción suscitada por los asesinatos de Conflans y Niza, forma parte de este contexto. Estos horribles crímenes son un “regalo del cielo” para un poder que se ha vuelto ilegítimo y que busca un escape para la ira social. El objetivo principal es la propagación del miedo y la angustia con el fin de restablecer una lógica de “unidad nacional”, relegando a un segundo plano las preocupaciones económicas, sociales, reivindicativas, etc.

Los efectos no se han hecho esperar: miedo a nuestros conciudadanos musulmanes o supuestos musulmanes; exaltación mediática; etiquetas islamófobas en los muros de las mezquitas, los locales de las asociaciones o la sede del PCF [Partido Comunista Francés]; ataques físicos a los musulmanes o supuestos musulmanes (y en primer lugar a las mujeres musulmanas o supuestas musulmanas); Concurso Lépine mediático de propuestas legislativas islamófobas; detención policial por más de 10 horas de niños por “apología del terrorismo”; etc. 

Este primer objetivo ideológico va acompañado de un segundo objetivo muy material: preparar las condiciones legislativas para una respuesta a la ira social. Apenas cuatro días después de la tragedia de Conflans-Sainte-Honorine, se presentó el proyecto de ley “relativo a la seguridad mundial”.

Este proyecto, que es objeto de un “procedimiento acelerado” justificado por el contexto de “peligro terrorista”, prevé una mezcla de medidas: aumento de las competencias de la policía municipal y de los agentes de seguridad privada, en particular el control de la identidad; utilización de aviones teledirigidos en la grabación de infracciones y en la vigilancia de fronteras; penalización de la difusión de imágenes de actuaciones de policías o gendarmes en el marco de sus misiones de orden público; etc. 

Resumiendo la lógica general de este proyecto de ley, el gremio de magistrados lo formaliza de la siguiente manera: “Se trata de cubrir todos los rincones del espacio público mediante el despliegue de medios tecnológicos de vigilancia generalizada, dando competencia a agentes no formados, pero numerosos, para detectar las infracciones fuera de todo control judicial, y reducir aún más el control democrático sobre lo que está en juego, convirtiendo finalmente a las fuerzas del orden en las únicas que escapan a los honores de las cámaras.” [xvii]

Así pues, la ganancia inesperada contribuye también a la fabricación del consentimiento de la restricción a las libertades civiles o a fabricar una demanda de autoritarismo y seguridad. Los resultados de la encuesta del IFOP-Fiducial para CNews muestran que el 89% de los encuestados están a favor de “descalificar a las personas con doble nacionalidad que han cometido delitos”; el 80% está a favor de “complicar el acceso al derecho de asilo en Francia”; el 78% está a favor de “permitir el uso del reconocimiento facial con fines de seguridad interna”; el 78% está a favor de “eliminar el anonimato de los usuarios de las redes sociales” [xviii], etc. 

Por supuesto, estos estudios no reflejan plenamente la realidad. La redacción de las preguntas ayuda a producir las respuestas. Este tipo de encuesta participa así en la fabricación de la opinión deseada. La segunda función del actual recalentamiento ideológico aparece aquí: anticiparse a las revueltas sociales y adaptar el marco legislativo para su represión.

 

c) Lógica macartista con fines de intimidación

 

“Hay corrientes de la izquierda islámica muy poderosas en los sectores de la educación superior que son perjudiciales para las mentes. Y esto lleva a ciertos problemas, como ustedes pueden constatar”, dijo el Ministro de Educación Nacional ante el Senado, el 22 de octubre de 2020, sólo seis días después del asesinato de Samuel Paty. La tesis clásica de la extrema derecha, de una universidad infestada de izquierdistas complacientes con el “islamismo” y por lo tanto responsables del “terrorismo”, se convierte en una doctrina de Estado. La cosa no es ciertamente nueva (recordemos las declaraciones de Valls sobre este tema), pero su afirmación en plena secuencia dramática subraya el paso a una lógica de intimidación concreta. Ya no se trata simplemente de denunciar una seudo complacencia, sino de reclamar una acción de limitación del pensamiento y la investigación, y de preparar al público para ello.

Esto se evidencia en la adopción por parte del Senado de la Enmienda 234 a la Ley de Programación de la Investigación. Esta enmienda, adoptada el 28 de octubre de 2020, estipula: “que la libertad académica se ejerza respetando los valores de la República. El objetivo de esta disposición es consagrar en la ley que estos valores, entre los que se encuentra en primer lugar el laicismo, constituyen el fundamento de la libertad académica y el marco en el que se expresa.” [xix] Además del carácter vago y de geometría variable de la expresión “valores de la República” y de la polémica sobre el sentido y el contenido del principio de “laicidad”, la enmienda introduce un límite a las libertades académicas hasta ahora limitadas únicamente por el derecho penal y los criterios científicos. “¿Quién decidirá si un curso, una publicación, están conformes a los valores de la República?” [xx] pregunta con razón un artículo en la página web de la Universidad Abierta.

Tras la declaración del ministro, el 31 de octubre, se publicó en Le Monde un comunicado de 100 académicos para apoyar al ministro y pedir una respuesta acorde con la urgencia de la situación: “Nosotros, académicos e investigadores, sólo podemos estar de acuerdo con esta declaración de Jean-Michel Blanquer. Quién podría negar la gravedad de la situación actual en Francia, sobre todo después del reciente atentado de Niza […] Las ideologías indigenistas, raciales y ‘decoloniales’ (transferidas de los campus estadounidenses) están muy presentes, alimentando un odio a los ‘blancos’ y a Francia; y una militancia a veces violenta ataca a quienes todavía se atreven a desafiar la doxa antioccidental y el sermón multiculturalista.” [xxi] 

Un contra-comunicado, firmado esta vez por 2.000 académicos, subraya lo que está en juego en el debate y la ofensiva: “un reinado macartista en la universidad, que estaría sujeto a un control político para verificar la lealtad de los profesores al Estado.” [xxii] Los académicos no son, por supuesto, los únicos a los que se apunta. Asociaciones, partidos, políticos, periodistas, etc., están en la mira con el mismo objetivo de ser silenciados a través de la intimidación.

Pero el macartismo como lógica no se limita a la prohibición de un discurso crítico, sino que también incluye la promoción de un discurso unánime que se impondrá por la fuerza, si es necesario. Durante su audiencia en el Senado, el Ministro de Educación Nacional propuso así “crear cátedras de laicidad […] que tendrán un impacto en nuestros estudiantes.” Esto es nada más y nada menos que cruzar un nuevo umbral en el intento de instrumentalizar el mundo de la enseñanza con fines de control ideológico.

La misma lógica ha llevado ya al intento de reducir la libertad de expresión a la defensa de las caricaturas de Charlie Hebdo y de prohibir el derecho a criticar estas caricaturas. La transformación de estas caricaturas (que por supuesto tienen el derecho de existir, pero que también se debe poder criticar libremente) por el discurso del Estado en un verdadero tótem intocable de la República, reduce la libertad de expresión a estas caricaturas. Hacer que los profesores soporten este reduccionismo, situándolos como un canal para el discurso ideológico oficial sobre la actualidad, es contradictorio con la propia profesión de la enseñanza, que presupone la práctica del libre albedrío, el debate contradictorio, la puesta en evidencia de las contradicciones, etc.

Estamos, ni más ni menos, en presencia de una toma de rehenes ideológica de la función docente. La tercera función ideológica de la actual instrumentalización de la emoción es, en efecto, silenciar el discurso crítico y promover la unicidad de pensamiento a través del miedo y la intimidación.

Las tres funciones ideológicas de la instrumentalización de la emoción pública revelan el alcance de la crisis de legitimidad del gobierno en el período previo a las elecciones presidenciales. Están al servicio de una estrategia destinada a imponer, una vez más, la lógica binaria de Le Pen o Macron. Para ello, la extrema derecha debe ser impulsada hacia arriba y luego presentada como el único recurso en la lógica ahora probada del “voto útil”. Una vez más, las preocupaciones a corto plazo de la clase dirigente requieren una política de fractura de la sociedad, creando un chivo expiatorio que sirva para enmascarar el verdadero problema, que sigue siendo el proyecto de regresión social masiva en aras de la preservación de los beneficios económicos. 

La lucha contra el terrorismo no es una prioridad del gobierno. Basta con recordar que esta presupone, para ser eficaz, que se lleve a cabo junto con los musulmanes o supuestos musulmanes y no sin ellos, y menos aún contra ellos. Una vez más, la miopía de la clase dirigente nos precipita a una era de todas las posibilidades. Las posibilidades emancipatorias o las posibilidades monstruosas, esto dependerá de nuestra capacidad de reaccionar juntos.

 

Notas:

[i] Artículo La côte de Macron en hausse de huit points en un mois, Challenges, 3 de noviembre de 2020, disponible en el sitio: challenges.fr

[ii] Saïd Bouamama, Un monde immonde engendre des actes immondes, 15 de noviembre de 2015, disponible en el sitio: bouamamas.wordpress.com

[iii] Vincent Jauvert, Oui la CIA est entrée en Afghanistan avant les Russes, entrevista con Zbigniew Brzezinski, Nouvel Observateur, 15 de enero de 1998, p. 76.

[iv] Ibid.

[v] Les loups du djihad sont-ils si solitaires, Le Monde, 12 de julio de 2016, disponible en el sitio: lemonde.fr

[vi] Robert Neuburger, Prefacio a Névrose et psychose de Sigmund Freud, Payot, 2013.

[vii] Nadia Bendjebbour, Terrorisme : les nouveaux visages, fou d’Allah, Nouvel Observateur, 3 de septiembre de 2020, disponible en el sitio: nouvelobs.com

[viii] Pierre-François Godet, Des rapports supposés entre radicalisme et maladie mentale, 30 de abril de 2018, disponible en el sitio: lyoncapitale.fr

[ix] Ibid.

[x] Laure Murat, L’homme qui se prenait pour Napoléon : pour une histoire politique de la folie, Gallimard, París, 2013.

[xi] Mathieu Bellahsen et Rachel Knaebel, La révolte de la psychiatrie. Les ripostes à la catastrophe gestionnaire, La Découverte, París, 2020.

[xii] Saïd Bouamama, Le Corona Virus comme analyseur : Autopsie de la vulnérabilité systémique de la mondialisation capitaliste, 23 de marzo de 2020, disponible en el sitio: bouamamas.wordpress.com

[xiii] Saïd Bouamama, La mise en scène politique et médiatique du confinement : Nécro-politique et quartiers populaires, 16 de abril de 2020, ibid.

[xiv] Note de conjoncture de l’INSEE, 6 de octubre de 2020, disponible en el sitio: insee.fr

[xv] Laurent Ferrara et Capucine Nobletz, Dettes publiques : le COVID 19 augmente la contagion sur les marchés d’obligations d’Etat, diponible en el sitio: theconversation.com

[xvi] Esther Attias, Coronavirus : comment les discours sur la dette publique ont changé, Challenges, 24 de octubre de 2010, disponible en: challenges.fr

[xvii] Vers un État de police ?, comunicado del Sindicato de la Magistratura, 4 de noviembre de 2020, disponible en el sitio: syndicat-magistrature.org

[xviii] Encuesta: Près de 9 Français sur 10 sont pour la déchéance de nationalité et pour l’expulsion des fichés S, Ifop-Fiducial para CNews, 6 de noviembre de 2020, disponible en el sitio: cnews.fr

[xix] Enmienda 234 a la Ley de Programación de la Investigación, Senado, 28 de octubre de 2020, disponible en el sitio: senat.fr

[xx] Loi de programmation de la recherche : nuit noire sur le Sénat, 29 de octubre de 2020, disponible en el sitio: universiteouverte.org

[xxi] Une centaine d’universitaires alertent : « sur l’islamisme, ce qui nous menace, c’est la persistance du déni », comunicado en Le Monde, 31 de octubre de  2020, disponible en el sitio: lemonde.fr

[xxii] « Cette attaque contre la liberté académique est une attaque contre l’Etat de droit démocratique », comunicado en Le Monde, 2 de noviembre de 2020, disponible en el sitio: lemonde.fr, y que se puede firmar en el enlace: https://savoiremancipateur.wordpress.com/home/signataires/

 

Ilustración de portada: Titom

Traducido del francés por América Rodríguez para Investig’Action

Fuente: Le blog de Saïd Bouamama