La paz en Colombia se estrella con la burocracia del gobierno y la doctrina del enemigo interno

Desde la firma de los acuerdos entre el gobierno colombiano y la guerrilla de las FARC, una veintena de líderes campesinos han sido asesinados por fuerzas oscuras ligadas al paramilitarismo. Mientras tanto, los guerrilleros se preparan para la paz. “Las cosas han sido difíciles” cuenta un guerrillero, quien insiste en afirmar que “el estado no cumple”.

 

Para llegar a la Zona Veredal Transitoria de Normalización de Icononzo en el norte del Tolima, se requieren escasas 3 horas desde la capital de Colombia. Allí se encuentra un grupo de guerrilleros liderado por el que fuera comandante del frente urbano Antonio Nariño y miembro actual del secretariado de las FARC-EP, Carlos Antonio Lozada. Al llegar a la vereda La Fila, donde se encuentran estos insurgentes concentrados cumpliendo con lo acordado en el acuerdo para finalizar el conflicto como paso previo a la dejación de armas, delegaciones de campesinos, jóvenes de las escuelas de la región y en general gente de diversas partes de la región de Cundinamarca y departamentos aledaños suben para hablar de paz. Una recepción de jóvenes guerrilleros sin armas liderado por Isabella San Roque, sirven café negro a los visitantes bajo una enramada construida por ellos mismos que contiene varias camas dispuestas para quienes quieran pernoctar. La joven comandante y su comisión de organización reciben a las diversas delegaciones para hacer lo que ellos han llamado “pedagogía de paz”. Este campamento de recepción es abierto para todo el que quiere visitarlos. No muy lejos de alli, los guerrilleros, aun con armas, pernoctan y se preparan, esta vez para la paz.

 

“Las cosas han sido difíciles” cuenta un guerrillero, quien insiste en afirmar que “el estado no cumple”. Evidentemente, casi a dos meses de empezar la etapa de concentración de los guerrilleros en las zonas veredales a lo largo y ancho del país, la burocracia estatal no despega. Mientras los guerrilleros, expertos en construcciones y desarrollo de sus propias infraestructuras, ya han construido sus cambuches como en tiempos de guerra, el gobierno colombiano pareciera aun estar en etapa de licitaciones y discutiendo los diseños del hospedaje de los guerrilleros con algún arquitecto que de seguro nunca ha pisado un campamento guerrillero para darse cuenta de las necesidades no solo físicas sino humanas de los guerrilleros. Por ahí se especulaba en el campamento que querían meter en habitaciones de 2 x 2 metros a guerrilleros que están a acostumbrados a tener como habitación un espacio abierto e ilimitado en la manigua. Pareciera como si trasladaran las celdas de una prisión al monte al no poder haber vencido a la guerrilla más antigua del continente. Fue también una lucha con la burocracia colombiana hacerles entender a los funcionarios que a pesar de que los guerrilleros habían dormido en improvisadas camas durante cincuenta años de guerra, lo mínimo que el gobierno debiera proveer a los alzados en armas en tiempos de paz eran unos simples colchones.

 

El acceso al campamento se topa también con la inercia de los funcionarios, acostumbrados muchas veces a ver terroristas donde hay guerrilleros en transición a un movimiento político legal. La vieja costumbre de sindicar a todo aquel que se reúne con un insurgente como rebelde aún está en las mentes de muchos soldados y policias. Así una delegación de académicos holandeses y colombianos, y de líderes campesinos de diversas regiones de Colombia, que visitaba el campamento en el marco de la creación de una red de investigación para apoyar la implementación de la reforma Rural Integral, de la que hace parte también quien escribe estas líneas, se topó recientemente con la vieja doctrina del enemigo interno enraizada en el imaginario de oficiales de inteligencia de las fuerzas armadas de Colombia. Mientras subíamos, un retén policial nos paraba preguntando por las identificaciones de los miembros de la delegación, y un sujeto vestido de civil tomaba fotos y grababa con su celular la población civil que nos acompañaba. Al evidenciar la presencia de este sujeto, un grupo de investigadores nacionales se apresuraron a interpelar al sujeto manifestándole su inconformidad por las grabaciones realizadas, y diciéndole que en un país todavía en conflicto y con una derecha que aun asesina líderes sociales y campesinos, estas imágenes podrían ser usadas para cometer desapariciones o asesinatos de quienes nos acompañaban. Ante la presión de la delegación, el sujeto confesó impunemente ser miembro de la inteligencia de las fuerzas armadas. La reacción de los delgados de la ONU que hacían parte del mecanismo tripartito de verificación, no fue la esperada. Tratando de minimizar el hecho, o tal vez desconociendo el pasado sangriento y de criminalización de los movimientos sociales en Colombia, no asumió una actitud más comprometida con el hecho. No me imagino lo que podrían haber dicho los mismos delegados al encontrar un retén de la guerrilla pidiendo cedulas y tomando fotos a los habitantes a escasos metros de la cabecera del municipio.

Así las cosas, tal parece que los retos en la implementación de los acuerdos no son solo materiales y logísticos. Los militares siguen haciendo inteligencia a la población civil como en tiempos de guerra. Es previsible. Aun las FARC-EP no han soltado sus armas y los militares podrían estar prevenidos ante una eventual conspiración por parte de la guerrilla, sin embargo no se puede justificar que civiles sigan siendo vigilados e investigados como en tiempos de la seguridad democrática de Álvaro Uribe donde cientos fueron desaparecidos y puestos en prisión, muchas veces por el solo hecho de vivir en zonas de conflicto, menos aún, no es justificable cuando una veintena de líderes campesinos han sido asesinados por fuerzas oscuras ligadas al paramilitarismo, justo después de la firma de los acuerdos.

 Fuente : Investig’Action