Periodista antisionista israelí despedida por su opinión

En búsqueda de justicia

Este artículo de Judith Stone fue enviado a Debbie Ducro, periodista judeo-americana del Kansas City Jewish Chronicle. Lo publicó y fue expulsada al día siguiente.

Soy judía. Participé en la manifestación a favor del Derecho del Pueblo Palestino de Volver a Palestina. Fue lo correcto.
Fuente: Kaosenlared

www.kaosenlared.net/noticia/periodista-antisionista-israeli-despedida-opinion-busqueda-justicia

Traducido por Antonio de Cisneros, Ronda (Málaga)

Desde que era niña he escuchado hablar del holocausto perpetrado en Europa contra los judíos. He visitado los monumentos en Washington y Jerusalén en memoria de las vidas perdidas de judíos y he llorado al darme cuenta del grado de atrocidad del que es capaz el ser humano.

¿Dónde están los judíos con conciencia? No se puede mantener rencor de forma justificada contra los supervivientes del holocausto provocado por Hitler. Estos miembros del género humano no se encontraban en posición de poder escoger más allá de su propia supervivencia. No debemos olvidar que el hecho de ser un superviviente o miembro de la misma religión que las víctimas del holocausto no garantiza la dispensa para acatar las leyes por las que se rige la humanidad. El slogan “Nunca más” suena a vacío cuando le damos el significado de “Nunca más, pero sólo para nosotros”.

Mi generación fue educada en la creencia de que la tierra bíblica era un vasto desierto habitado por un puñado de palestinos paupérrimos que vivían con sus camellos, sacando de la tierra lo justo para vivir. Se presentó la llegada de los judíos como una maravillosa oportunidad para estos moradores del desierto. Golda Meir nos aseguró incluso que “no hay un problema palestino”.

Ahora sabemos que la realidad no es como nos la pintaron. Palestina era una tierra ocupada por gente que la consideraba su hogar. Había ciudades y pueblos prósperos, con sus escuelas y hospitales. Había judíos, cristianos y musulmanes. De hecho, antes de la ocupación, los judíos apenas representaban el siete por ciento de la población, siendo propietarios del tres por ciento de la tierra.

Durante un instante me quito las vendas de los ojos y veo una segunda atrocidad perpetrada por el mismo pueblo que debería mostrar sensibilidad exquisita ante el sufrimiento de otros. Este pueblo sabía perfectamente lo que se siente cuando, a punta de fusil, te ordenan salir de tu casa y te fuerzan a adentrarte en medio de la noche hacia destinos desconocidos o bien afrontar la ejecución en el acto. El pueblo que desplazó a los palestinos sabía de primera mano lo que significa ver tu casa incendiada y tener que abandonar sin previo aviso todo aquello que amas.

Las palas cavadoras arrasaron cientos de aldeas al tiempo que desplazaban a los habitantes que aún permanecían, viejos y jóvenes. Todo esto no le resultaba nada nuevo al mundo. Polonia es un cementerio enorme de los judíos europeos. Israel es el lugar del descanso final del pueblo palestino masacrado. A poca distancia del monumento en memoria de los niños judíos muertos en el holocausto hay un parking perfectamente llano. Bajo el parking se encuentra lo que queda de lo que una vez fue un pueblo floreciente y los restos de hombres, mujeres y niños cuyo único crimen fue el ocupar el espacio vital que necesitaban y no abandonarlo por las buenas. En el signo que marca este enterramiento se puede leer: “Parking público”.

He hablado con palestinos. Todavía no he conocido un solo palestino que no haya perdido algún miembro de su familia en la Shoah israelí, o que no tenga algún amigo o familiar pudriéndose en condiciones inhumanas en una cárcel israelí. Una y otra vez se cita a Israel como país violador de los derechos humanos, sin consecuencia alguna.

En un viaje reciente a Israel visité los campamentos de refugiados habitados por gente que lleva 52 años esperando en estos campamentos “temporales” el momento en que puedan volver a casa. Cualquier abuelo palestino puede decirte el nombre de su pueblo, la calle donde vivía o dónde plantaron los olivos. Quizás los nietos nunca han conocido su hogar de origen, pero te pueden decir donde están enterrados sus bisabuelos o dónde se encuentra el pozo del pueblo.

La prensa se ha encargado de promover la imagen del terrorista palestino. Pero a las víctimas que se rebelaron contra la indignidad en el ghetto de Varsovia se les llama ahora héroes. Aquellos que perdieron la vida son mártires. El palestino que desesperado arroja una piedra es un terrorista.

Hace dos años viajé en coche por Palestina y observé los intricados sistemas de riego por aspersión que empapaban el césped de los colonos sionistas en sus nuevas urbanizaciones guardadas por vigilantes armados y alambradas, todo esto en medio de un asentamiento palestino donde no había agua con garantías de potabilidad, y el campo adyacente estaba seco y arenoso. El catedrático universitario Moshe Zimmerman informó en el Jerusalén Post (30 Abril, 1995) que “Los niños (judíos) de Hebrón son como las Juventudes Hitlerianas.”

Nosotros los judíos pleiteamos en Europa persiguiendo restituciones, salarios perdidos, compensaciones por la tierra y por los hogares perdidos, por el trabajo de esclavos. ¿Traiciono a los judíos por apoyar el derecho de los refugiados palestinos a volver a sus lugares de origen y recibir compensación por lo que se les quitó y no se les va a devolver?

No podemos resucitar a los judíos muertos, de igual forma que nos es imposible devolver la vida a los palestinos masacrados. David Ben Gurion dijo, “No nos olvidemos de la verdad… Políticamente, nosotros somos los agresores y ellos se defienden… El país es suyo, porque ellos son quienes lo habitan, mientras que nuestro deseo es venir aquí y asentarnos, y desde su punto de vista nosotros queremos expulsarles de su país…”.

Palestina es una tierra que ha sido ocupada y desprovista de su pueblo. Sus señas de identidades culturales y físicas han sido borradas y sustituidas por límpidos signos hebreos. Lo primero que erradicaron los ocupantes fue la historia de su pueblo como si nunca hubiera existido. Y el mundo ha alabado todo esto como si de un milagro divino se tratara.

Debemos reconocer que la resistencia de Israel, más que una cuestión de legalidad, se trata de una auténtica política ilegal de hechos consumados realizada mediante el uso de la fuerza con el apoyo de las potencias occidentales. Las misiones de la ONU dirigidas a Israel con la finalidad de corregir sus violaciones han resultado, por ahora, completamente estériles.

En la obra de Hertzl “El Estado Judío”, el padre del sionismo dijo: “Debemos investigar y tomar posesión del nuevo país judío mediante cualquier recurso moderno.” Creo que estoy de acuerdo con Ehud Barak (3 de Junio 1998) cuando dijo. “Si yo fuera palestino, también me uniría a un grupo terrorista.” Yo quizás daría un paso más. En vez de lanzar piedrecitas, arrojaría un buen pedrusco.

Esperemos que, en algún lugar en lo más profundo de su corazón, todo judío con conciencia sepa que esto no fue una guerra; que esto no fue la restitución por Dios de la tierra santa a sus legítimos propietarios. Sabemos que todo esto no fue sino una atrocidad que se continúa perpetrando contra un pueblo inocente que no podía levantarse en armas ni poseía los medios económicos para defenderse de las potencias occidentales, indiferentes ante su exterminio.

No podemos seguir diciendo, “¿Pero qué podemos hacer?” Sionismo no es sinónimo de judaísmo. De todo corazón apoyo las manifestaciones a favor del derecho del pueblo palestino de volver a su tierra. Aquí y ahora.